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Sostiene Tabucchi que Pereira se le apareció una noche de septiembre…

Sostiene Tabucchi que Pereira se le apareció una noche de septiembre…

Una noche de septiembre de 1922, cuando el escritor Antonio Tabucchi daba vueltas en la cama, sostiene que oyó una voz de repente. Sintió una presencia. Él sabía que se encontraba en esa hora, que Tabucchi llama privilegiada, en la que recibe las visitas de sus personajes. De inmediato, el escritor le pidió al espíritu literario que por favor no se marchara y le narrara su historia.

Aquel mismo día de hace 22 años, en un tanatorio de Lisboa, Antonio Tabucchi había acudido a velar a un muerto con el que tuvo una relación fugaz. En verdad, era un muerto de esos que sólo unas pocas personas saben que fue un héroe con arma noble e inofensiva, la pluma. El muerto era un periodista que había ejercido el oficio en la época de la dictadura de Salazar, y que, finalmente, hubo de exiliarse a París. Allí se conocieron él y Tabucchi, a quien, más tarde, le llegó el rumor de que había regresado a Lisboa cuando las calles portuguesas eran un reguero de claveles y tanques, y tanques con claveles y soldados y sonando de fondo Grândola Vila Morena. 

Y a la noche, la visita literaria. Aquel espectro en la cabeza de Tabucchi podría ser una transposición fantasmagórica de aquel fallecido periodista que había visto finito y dentro de una caja. Pero, al repetirse la visita durante varias noches, Tabucchi comprendió que lo que le narraba la voz era una historia diferente. También comprendió que desde entonces, a esa voz, a ese espíritu, le llamaría Pereira. ¿Por qué?

Por dos motivos. Uno: Pereira significa peral en portugués, y todos aquellos apellidos que hacen referencia a árboles son de procedencia judía, como en España o en Italia son de origen judío los apellidos de ciudades. Con esto, Tabucchi quiere homenajear a una civilización también con una historia errante y persecutoria. El otro motivo por el que se escogió este nombre es por la obra teatral What about Pereira?, de T.S. Eliot, en la que dos mujeres evocan y se preguntan por un hombre del que apenas saben nada, únicamente su nombre: Pereira. Pero Tabucchi sostiene que de su Pereira sí que empezaba a saber muchas cosas: como que era periodista de un periódico vespertino, que le gustaban las omelettes a las finas hierbas y la limonada, que padecía del corazón, que era viudo, que propendía fácilmente a la nostalgia. Con el alma plenamente colmada de verdades, Tabucchi escribió la novela en dos meses después de un año de gestación y de continuas visitas del protagonista.

Tabucchi

De manera que el narrador italiano fue colocando a Pereira en un ambiente y tiempo concretos, aquí sí con influencia notoria de su fallecido amigo periodista: Lisboa en tiempos en que la Guerra Civil española echaba chispas. Esto, sostiene Tabucchi, habría de afectarle al señor Pereira, que era un periodista ya mayor, con problemas de salud, que hablaba con el retrato de su difunta esposa, que se encargaba de hacer la página cultural de El Lisboa, un periódico patriótico y pro germánico, pero Pereira, sobre todo, era un hombre tranquilo al que no le interesaba la política ni la situación social de su momento, que él, Pereira, prefería informarse en el Café Orquídea, de la voz de Manuel, el camarero, antes que leyendo su propio periódico, porque de ese modo se enteraba de la verdad de las noticias, sostiene Pereira, pero finalmente se vio, casi sin querer, envuelto en la protección de un joven subversivo, más por una inercia compasiva, de esas compasiones a veces de las personas mayores hacia los jóvenes, o incluso, quizá, quién sabe, para ejercer como padre del hijo que nunca tuvo, a pesar de que Pereira pensara que ese chico, apellidado Rossi, era “un romántico sin futuro”, porque Pereira sostiene a menudo que a él no le interesan esas cosas de la causa, sino que únicamente le preocupa traducir correctamente los cuentos de los escritores franceses del siglo XIX, como Balzac, Mauriac o Bernanos para publicarlos en su página cultural de los sábados en El Lisboa

Durante la narración se respira cierta sospecha de que algo catastrófico puede ocurrir en cualquier momento (no solo el estadillo de la Segunda Guerra Mundial, sino un drama más personal y que cambiará a Pereira su modo de ver la vida). Tabucchi impregna las páginas con un estilo que borra el estilo, es decir, que borra cualquier proeza lingüística para que nuestros ojos traspasen en pocos segundos la sucesión de palabras y entrar así directamente a una sucesión de imágenes. Por esto le han dicho alguna vez a Tabucchi que su estilo es muy cinematográfico, no únicamente por la influencia del cine (del que sostuvo en una entrevista que debiera tender más hacia la literatura para esbozar buenos guiones), sino por la calidad, la fuerza, la plasticidad de sus palabras que saltan de las páginas en forma de imagen logrando la visualización de sus historias, su historia Sostiene Pereira, llevada a la pantalla con título homónimo en 1995 por el director italiano Roberto Faenza y banda sonora de Ennio Morricone.

Tabucchi dio el punto final a la novela el 25 de agosto de 1993. Una fecha mágica para Tabucchi, sostiene, porque ese día era el cumpleaños de su hija, y coincidió con que también celebraba el alumbramiento definitivo de otro de sus hijos literarios imperecederos: Pereira. “Un significado en esa inescrutable trama de los eventos que los dioses nos conceden”, sostuvo Tabucchi. 

Vista desde arriba Antonio Tabucchi

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