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Boston, sonata para violín sin cuerdas

Boston, sonata para violín sin cuerdas

Un hombre camina arrastrando una silla sobre una playa desierta. Nuestro hombre gasta un traje negro con las perneras ajadas, una camisa desaliñada, barba, ojos desorientados y una venda ensangrentada en la cabeza. Su aspecto es extravagante, misterioso. ¿Qué le ha sucedido? ¿Por qué lo encontramos así? La respuesta, si es que puede haber una respuesta, podemos hallarla en el inicio, sí, el inicio de la novela donde encontramos a nuestro protagonista, en adelante William Fisher, contemplando el vuelo del ganso, el cansancio del ganso migratorio sobre los cielos grises del lago Walden. ¿Desde dónde observa Fisher a los gansos? Pues lo hace desde las aguas heladas del lago pero lo curioso, lo que llama de verdad la atención en nuestro personaje, sucede a continuación, en el momento en que baja la vista y encuentra, bajo el hielo, el cuerpo de Thoreau. Sí, el mismo Thoreau que escribiera Walden, mi vida en los bosques y que ahora, con largas barbas, barbas donde se acumulan los peces y las algas, golpea la capa de hielo y saca un cartel en donde puede leerse: Póngase en contacto con Emerson. William le dice que sí, no con palabras, sino levantando el dedo, asintiendo con la cabeza pero después, tal vez por el pasmo, tal vez por la propia inercia del hielo, los pies de William se deslizan hacia arriba y cae de espaldas quedando inconsciente. William despertará más tarde, ya en el hospital, donde descubre una venda en la cabeza, una venda que poco a poco comienza a ensangrentarse. A partir de este momento comienza la llamada “mala suerte del hombre”.

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Todas las personas de su entorno lo miran con recelo ante su peculiar comportamiento. Pero ¿por qué todos empiezan a tomar por demente a William? ¿Por qué la gente, el mundo, mira con precaución, escruta con precaución sus acciones? No tardamos mucho en descubrir que, antes del golpe, William era ya un hombre excéntrico: trabaja en el instituto de ciencias y vive en un apartamento sin muebles. En efecto, sin muebles. El mismo Fisher nos lo explica, poco a poco va colocando sus posesiones en el centro del apartamento, les prende fuego o se deshace de ellas, él lo dice, sí, como enfebrecido: me gustan las posesiones cuando arden. Somos testigos de lo austero de su vida: un armario donde descansan dos trajes, no tiene abrigos, tan sólo un colchón y por supuesto, a Don Chirridos, el violín que Fisher lleva a todas partes, el mismo que no sabe tocar. ¿Por qué entonces, tras el golpe, todo el mundo lo toma por demente si sabemos que antes algo no iba bien en su cabeza? ¿Puede ser que su escritor, en adelante Todd McEwen, quiera remitirnos a aquella idea de la semiótica, la idea de Mito que postulara Roland Barthes en su obra Mitologías?  Si recordamos el volumen, en el segundo capítulo, el que lleva por título El mito hoy, Barthes nos habla de Saussure, de aquello de significante y significado. A partir de Saussure Barthes nos indica que si el mito es un habla, todo lo que justifique un discurso puede ser mito. Todo puede convertirse en mito dado que vivimos en un universo sugestivo. Pensemos pues que los objetos,  tan cotidianos, tan callados, pueden vivir una existencia cerrada, muda, basados en ellos mismos, pero en cualquier momento pueden pasar a un estado oral, abrirse a la apropiación de la sociedad. Somos nosotros los que, una vez aceptados, les damos un significado, a veces literal, otras, basado en lo que nos sugiere. Ya, en esta misma página, Jose Manuel Lucas nos hablaba de la significación en este post. Teniendo esto en cuenta ¿Puede ser que la cabeza de William, en el mismo momento en que es cubierta por la venda, pase de ese estado cerrado al estado oral de la sociedad? Concretemos un poco. La venda es un signo, un signo que tenemos asociado al accidente, la herida y la enfermedad. Con esto presente tal vez podamos explicar por qué el resto de protagonistas, al cruzarse con William, comienzan a escrutar por primera vez al sujeto, se cuestionan sus acciones. La venda ya ha lanzado su mensaje, un mensaje que va introduciéndose en el subconsciente y que se traduce en la idea de: Cuidado, este hombre no está bien. A partir de este momento el universo íntimo de Fisher queda al descubierto. Su forma de vida, su manera de entender la sociedad, hasta el momento pertenecía al ámbito privado, pero ya no, ahora todo el mundo lo cuestiona, lo avasallan, le increpan lo mal que está. Y aquí, a mi entender, comienza uno de los mayores logros de la novela: enfrentar al hombre sencillo ante la locura de la sociedad donde el consumismo y lo superficial parece regir la mente del capitalismo. Esto, por supuesto, produce un efecto en Fisher, el efecto del extrañamiento, de la duda. ¿Por qué tengo tan mala suerte? ¿Por qué todo el mundo se ha empeñado en fastidiarme? Fisher es puesto contra las cuerdas, siente el malestar, el agobio que esta situación genera.

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Para ello, Todd McEwen se sirve de un magistral correlato, el correlato del frío. Los cielos de Boston lucen cerrados por nubes, apenas llega la luz del sol (el Gran Culo, según Fisher) un frio glaciar que sumado a las veces que Fisher es mojado, que camina sin abrigo por las calles, sin calefacción en casa, trasmiten al lector esa sensación de mal estar, de huerfanismo al que ha sido abocado Fisher. La novela presentará pues un sinfín de situaciones pintorescas, a veces rozando lo grotesco que puede no gustar tanto a los amantes de lo cotidiano. No mencionaré ninguna, pero sí hay que hablar del arma con la que cuenta Fisher para paliar con todo esto. Y este arma es simplemente la actitud de dejarse llevar, de maldecir pero aceptar su mala suerte y sobre todo, rodearse de personajes que, como él, entienden que la sociedad necesita un cambio. Aquí volvemos al mito, pues la venda sirve una vez más de justificante, es el motivo por el que Fisher es elegido como líder de la revolución social en Boston. La solución parece ser efectiva por un tiempo, pero al fin, William terminará por volverse un fugitivo obligado a emigrar de Boston hasta terminar en nuestra playa, la playa por la que Fisher camina ahora arrastrando una silla, con el cuerpo cansado, agotado del viaje y del frio, de esa sensación opaca de la realidad (¿no recuerda un poco al viaje del ganso migratorio?). Y es aquí, en nuestra playa, donde Fisher, que sigue arrastrando la silla, se encuentra con un hombre enjuto y semidesnudo, un hombre desaliñado al igual que Fisher que, agarrando lo que trae la marea, objetos como piedras, conchas y redes, los va colocando sobre la arena para posteriormente pisotearlos hasta dejarlos enterrados. Fisher lo mira, lo mira hipnotizado y arrastrando la silla hacia él, se acerca y lo saluda. Bien, pues ahora que estamos contextualizados, que hemos entendido un poco a nuestro personaje, puedo permitirme copiar un párrafo de la novela, un párrafo donde vemos el dialogo de estos dos personajes y que entenderemos a la perfección al finalizar la novela. Pero de momento me limito a transcribirlo y tranquilos, pues el párrafo en sí no supone ningún spoiler: Buenos días saludó Fisher acariciando el extremo de la silla con timidez. Henry, se presentó el hombre sin detenerse ni a mirar. Llevaba un brazado de guijarros y conchas y se dirigía hacia el agua. Soltó su cargamento de escombros y lo extendió en la arena. Cuidadosamente, con precisión y con sus pies. Comenzó luego a saltar sobre ellos. Mientras hacía esto miró a Fisher con una sonrisa infinitamente hastiada. Perfecto pensó Fisher Un loco. Lo único que nos faltaba. ¿Qué está haciendo? Preguntó finalmente. Es un buen día para esto respondió Henry. ¿Sí, para qué? Mi trabajo aclaró Henry aún saltando sin parar sobre el montón de rocas. ¿Y cuál insistió Fisher recuperando una parte de su antigua brusquedad Es su maldito trabajo? Henry dejó de saltar y adoptó una expresión desagradable. Me dedico a la erosión ¡gilipollas!

 

Boston, Sonata para Violín sin cuerdas

Todd McEwen

Automática editorial, 304 págs.

PVP: 19,90 €

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Antonio Pérez Abril

Técnico de laboratorio y filólogo hispánico. Lector la mayoría de veces, aprendiz de escritor las otras. Creo que la cultura debe permanecer en constante movimiento. Por ese motivo participo en esta página, un lugar donde compartir conocimiento y aprender está al alcance de todos. Salud.

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