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Hablar, leer, escribir

El evangelio según Jesucristo

El evangelio según Jesucristo

Recuerdo que con veintitrés años, por recomendación de un amigo, leí El evangelio según Jesucristo de José Saramago. Este amigo, no era un amigo cualquiera, no. Era el sacerdote que me bautizó al nacer, también con quien recibí la primera comunión y a quien, en calidad de monaguillo, llegué a ayudar en misa. Con la adolescencia, después de haber estado acudiendo a misa prácticamente a diario, supongo que por empacho litúrgico y por la rebeldía característica de  esos años, me alejé del oficio de la Iglesia. Por suerte para mí, no hice lo mismo con las personas que en ella había conocido. Seguí frecuentando la sacristía que, por aquel entonces, era el verdadero alma de aquella iglesia: por sus despachos, sus salas de reuniones, su patio, por sus moradores, se respiraba un ambiente jovial, tolerante, fraternal. Fue una luz cálida y azul como la que se confunde en el brillo del agua cuando ambas sustancias se tocan.  

 De cuando en cuando, unos pocos nos íbamos a comer en “petit comité” con Don Antonio, que así se llamaba nuestro sacerdote —Sí, Don, pocas personas he conocido que merezcan ese apelativo, él era una de ellas—. Entre cerveza y cerveza y entre vino y vino, la conversación siempre fluía locuaz, dicharachera, como si no existiera el tiempo más allá de las palabras pronunciadas. Los temas de conversación eran variados, interesantes siempre. Desde ciencia hasta política o fútbol pasando invariablemente por la cuestión teológica. Yo, por timidez y por inexperiencia, la mayoría de las veces callaba y escuchaba y, sobre todo, aprendía. ¡Cuánto aprendí en aquellos ágapes!

 Los dieciséis, los diecisiete, los dieciocho…, los años se sucedían uno tras otro envueltos en la prepotencia de la juventud. Los excesos de todo tipo me acompañaban fin de semana tras fin de semana. El bachillerato lo pasaba sin pena ni gloria, como un mero trámite académico —igual que luego sería con la universidad—. Los escarceos amorosos, las primeras experiencias sexuales, las peleas familiares, las decepciones con los amigos, todo se puede resumir en un ¡Bah, la vida! En cambio, por aquel entonces, un germen que vivía en mí empezó a brotar con intensidad. Sí, el virus de la lectura. Mis ansias por saber, por conocer, eran proporcionales a la frustración de entender que cuanto más aprendía más lejos estaba de todo conocimiento.

Cada vez frecuentaba menos la sacristía, pero cuando surgía la ocasión seguía yendo a comer con Don Antonio y los múltiples y cambiantes “petits comites” que lo acompañábamos. Por supuesto, ya me atrevía a participar, a tener voz propia en los debates, a discurrir sin disparatar (¡Vale, a veces sí!), a hablar de literatura, de teología, de filosofía, de historia, de todo aquello que iba conociendo y amando irremisiblemente. Seguía aprendiendo, más aún con la siempre enriquecedora divergencia que, en no pocas ocasiones, se producía a tenor de un tema espinoso (pobres los que solo miran ciegamente a un lado). Terminó el bachillerato y con él una época que daba paso a otra etapa, otras ciudades, trabajo, emancipación, estudios, amores, cambios y más cambios. La vida aceleraba más rápido de lo que, tal vez, yo, podía manejar. Simplemente, no era consciente. Ahora, quizá, un poquito más. 

 

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Las quedadas con Don Antonio fueron disminuyendo y alargándose en el tiempo. Con suerte, una o dos veces al año, por norma general, más tiempo. En una de aquellas veces, hablamos de Unamuno y su San Manuel Bueno, mártir. De como aquella pequeña gran novela me turbaba por la presencia en ella de un pueblo, de una montaña, del sentir de una voz, que a mí me llevaba a identificar con mi pueblo. No terminaba de entender el temor que experimentaba con el final de la obra de Don Miguel (otro Don). Me desbordaba esa ascensión última. Creo recordar que me explicó su visión de la novela y, también, esto ya seguro, como me recomendó leer El evangelio según Jesucristo de José Saramago. Le hice caso.

 Hace un par de años, me avisaron del fallecimiento de Don Antonio. Solo pude experimentar un profundo respeto. Algo había aprendido de la muerte. Todo el dolor, la impotencia y la rabia que sentí con la muerte de mi madre, con el paso de los años se transformaron en respeto, respeto por la vida, por mi vida y la de los demás, respeto por lo difícil y lo bello que es el vivir.  A veces me cuesta ser coherente con ese respeto, sobre todo cuando sangra mi corazón pero, lo intento, sigo aprendiendo. Todos somos un Ivan Ilich cualquiera.

 Acudí al funeral. Entré a la sacristía. ¿Once, doce años? No sé. Había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que pisaba aquel lugar. Todo estaba cambiado. Sobre todo yo. Fue como cuando regresas a casa de tus padres después de mucho tiempo. La misma sensación, los mismos recuerdos. Esa parte de ti que aún vive allí, que sabes que está pérdida, que ya no existe, que nunca volverá pero, que, a pesar de todo, sigue ahí en lo que tú eres o crees ser ahora. Aún no lo tengo claro.

 Mi memoria se fue libremente por los recovecos que ella quiso. Caras y voces conocidas, el altar donde tantas veces estuve, la misa de difuntos. Todo la alimentaba y la sobreexcitaba. Demasiadas emociones acalladas por el silencio y la paz que me transmitían los recuerdos. Al acabar el sepelio regresé a casa. Mientras conducía me acordé del libro de Saramago, pero aquel pensamiento se difuminó ante otras imágenes que empezaron a ocupar mi mente.

Hace unos pocos días he terminado de releer El evangelio según Jesucristo. Ahora sé por qué me lo recomendó.

De primeras puede resultar extraño que un sacerdote católico te recomiende leer un libro sobre la vida de Jesucristo escrito por un ateo confeso como era Saramago. Una vez que te adentras en la lectura, entiendes. El libro está concebido sobre una idea original y atrevida, esto es, narrar la vida de Jesucristo desde la propia perspectiva del Jesús hijo de José y María y del Jesús hijo del Padre. Un hombre, dos realidades. La historia comienza con el momento en que Jesús es concebido, con la posterior anunciación a María, con los oficios de José, la ida a Jerusalén, el alumbramiento de Jesús en Belén, Herodes, los Santos Inocentes, es decir, Saramago sigue la cronología que recogen los testamentos, pero, claro, el nobel portugués, entra en aquellos silencios que la historia, que la palabra escrita nunca reveló. Da voz a los pensamientos, las dudas, los miedos de aquellos jóvenes padres judíos. Unas preguntas que nunca fueron contestadas, preguntas que todos nos hacemos sobre nuestras propias vidas.

La narración avanza suave, con el ritmo pausado del caminante que sabe que ha de llegar más lejos que pronto. El tono incita a la reflexión, al pensamiento inciso, a la duda. Los temas tratados son difíciles, complejos, de pesada digestión. Realidades que implican creencia, ideología, a favor o en contra. La equidistancia, aviso, será esquiva al lector. Así es, en el libro nos toparemos de primeras con la culpa, no una culpa impostada por una sociedad o una religión, no, ésta es una culpa incrustada, una culpa genética, esto es, la culpa heredada de nuestros padres. Culpa que como si de un pecado original se tratase, arrastramos a lo largo de nuestras vidas. Me refiero a los miedos, los traumas, los errores, las partes oscuras que por exceso o por defecto adquirimos de aquellos que nos crían, que nos educan, que nos acompañan, o no, durante nuestra aventura de llegar a ser. ¿Qué no será para Jesús tener que cargar con las culpas de María y de José y las culpas que Dios le ha arrogado, nada más y nada menos que las culpas de toda la humanidad?  

Entra Saramago de lleno en cuestiones teológicas y filosóficas: en la concepción de Dios como un todo desgajado de la separación maniquea del bien y del mal; en la connivencia de la mano derecha y la mano izquierda en un mismo ser; en la imposibilidad de escapar al destino, a un plan establecido que desde nuestro libre albedrío somos empujados a cumplir, en el sacrificio otorgado a la muerte. También cuestiona Saramago la iniquidad de Dios para con el hombre,  aunque, si bien, no lo hace con la dureza y la rabia de su libro Caín, si plantea las atrocidades cometidas en el nombre de Dios. Lo dicho, cuestiones complicadas que apelarán a la conciencia del lector.   

Don Antonio siempre hablaba de Dios como un misterio, un no saber qué pollas hacemos aquí -esto lo digo yo-, y que ante esa duda, él, prefería elegir el camino del amor que existía en las palabras de Jesucristo. Siempre me ha turbado ese sentido del amor como última frontera, el amor como acto de salvación de la vida. Un amor que también está presente en el libro en la figura de María de Magdala como compañera de Jesús, un amor nacido del perdón, de la aceptación del otro, de la fidelidad a lo que se quiere, es decir,  fidelidad al amor, a uno mismo. Una María de Magdala que entiende a Jesús, que conoce su destino, su vida, sus culpas. Un Jesús que respeta a María, que conoce su pasado, sus faltas, su miedo. Un amor donde ambos encuentran la paz, el calor, la vida.

En definitiva, un libro bello, inciso, que nos hará profundizar en ese misterio que es la vida.    

¿Que más decir? Poco. Que llegaron los treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete. Que de la prepotencia de los años de la juventud he perdido el -pre, y la potencia escasa que me queda la utilizo para intentar buscar esa tranquilidad que la vida nunca nos otorga.  Que la vida me sigue dando vueltas, una y otra vez me zarandea. Que me busca en unos límites que ya no tolero, en un ser que a veces me desborda y me agota.  Que ellos siempre están ahí, ellos, los libros, me siguen acompañando en tantos y tantos momentos de aparente soledad. Sí, aparente porque los libros, también Don Antonio y otros tantos que se fueron, mi madre, siempre mi madre, sé que están ahí. Y yo que soy consciente, leo y sonrío.  

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JM LUCAS CABALLERO

Mi amor por las letras, por decir, hacer y compartir son la excusa perfecta para justificar esta página web. Me encanta hablar, leer y escribir. Todo lo demás que te pueda contar de mí es pura literatura...
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6 Comments

  1. Preciso, J. Yo también leí ese libro a los 24 o 25 años y me gustaría releerlo un día.

    • ¡Gracias Lucy! Sin duda, es un libro bello. De todas, todas, te animo a que lo vuelvas a leer 😉

  2. José Manuel, no me gusta Saramago, pero después de tu precioso comentario sobre este libro y de todo lo que te ha evocado su lectura,yo también lo leeré. Estoy segura de que, como a tí, a mi también me removerá por dentro y eso siempre es bueno porque te hace sentir viva. Me alegro de que no te hayas limitado a hacer una crítica literaria sino que hayas abierto tu corazón. A veces la escritura nos permite decir cosas que no diríamos en persona.
    Un abrazo

    • ¡Gracias Conchita! Me alegra saber que lo que he escrito te incita a leer El evangelio según Jesucristo. Es un libro hermoso. Mi corazoncito siempre está ahí, solo que escribir sobre según que cosas me remueve tanto que no me atrevo a entrar en ellas… Otro abrazo 🙂

  3. Tengo un gran recuerdo de aquella lectura… Pero es borroso… Los años pasan para las lecturas.

    • Los años pasan para todo… Por eso hay que pensar en releer aquellos libros de los que se guarda un buen recuerdo. Gracias Antonio 🙂

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