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El Blog de Porloscodos

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Descubriendo los géneros literarios

Posted by on 6 May , 2015 in Teoría literaria | 0 comments

Descubriendo los géneros literarios

La preocupación por los géneros literarios de las obras que leemos no es nada nuevo. Quizá, en el fondo, su estudio simplemente sirva para que unos cuantos estudiosos se sientan satisfechos con su clasificación genérica o para que cuando asaltes tu librería o biblioteca favorita puedas descubrir las distintas formas que adopta la literatura al leer en sus estanterías los nombres de los géneros clave.

Como ya hemos dicho, desde Aristóteles y Platón, pasando por el licenciado Cascales o Goethe, hasta a autores más actuales, Genette o Claudio Guillén, han sentido la necesidad de escribir sobre cómo están escritas las obras. Esta necesidad la hemos llevado al aula de un cuarto curso de la ESO en el I.E.S. María Cegarra Salcedo de la pequeña ciudad de La Unión en Murcia. A continuación, te presento, lector, las reflexiones sobre los géneros que hacen un grupo de jóvenes españoles desde su aula. Estos alumnos, quizá, nunca aparezcan en un vídeo viral sobre el vasto conocimiento del alumnado español pero tienen mucho que decir y las herramientas para hacerlo.

IES María Cegarra  Salcedo de la Unión (Murcia)

IES María Cegarra Salcedo de la Unión (Murcia)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El primero de los géneros que se analizó en clase fue la lírica a través del texto de Antonio Machado «A José María Palacio» de su Campos de Castilla. 

  A JOSÉ MARÍA PALACIO

Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, Primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!…

¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?

Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.

¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,
allá, en el cielo de Aragón, tan bella!

¿Hay zarzas florecidas
entré las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?

Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.

Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras,
y labriegos que siembran los tardíos
con las lluvias de abril. Ya las abejas
libarán del tomillo y el romero.

¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?

Furtivos cazadores, los reclamos
de la perdiz bajo las capas luengas,
no faltarán. Palacio, buen amigo,

¿tienen ya ruiseñores las riberas?

Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra…

Baeza, 29 de abril de 1913

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Sobre este poema los alumnos dieron una definición de género lírico siendo este el género que se encarga de los temas más transcendentales del hombre (el tiempo, el amor, la vida, la muerte…), en verso o prosa y poniendo énfasis en la búsqueda de la musicalidad a través de las palabras, usando además recursos literarios como la metáfora y los tópicos de la tradición (en este caso podemos señalar el locus amoenus).

Los alumnos señalaron otra clasificación genérica que es la que responde a la modalidad epistolar. La modalidad la han estudiado a través del concepto de Claudio Guillén, es decir, la modalidad es el tema que vertebra y modifica al texto de cualquier género. Dentro de la modalidad, la clase justifica su elección señalando los elementos epistolares que modifican y configuran el poema como son el saludo inicial, la presencia de la fecha y la conversación durante el texto con la segunda persona representada en este caso a través de José María Palacio, amigo del poeta Machado.

El análisis de los siguientes géneros han sido realizados por los alumnos en pequeños grupos de tres o cuatro personas. Al igual que con la lírica, cada género ha ido precedido por un fragmento de una obra literaria significativa de cierta forma. Al presentar cada uno de los tres textos (no somos muchos en clase) diremos por qué son significativos.

La narrativa ha sido estudiada a través de un fragmento un tanto particular de literatura juvenil. Hemos seleccionado un fragmento de Los Juegos del hambre, libro significativo por su importancia actual a nivel juvenil y mediático. Los alumnos leyeron un fragmento del capítulo y analizaron sus características y las compararon con lo «normal» en la narrativa.

Un sinsajo emite un largo silbido bajo y se me llenan los ojos de lágrimas cuando aparece el aerodeslizador y se lleva a Cato. Ahora vendrán a por nosotros, y podremos irnos a casa.

Sin embargo, sigue sin haber respuesta.

-¿A qué están esperando? -pregunta Peeta débilmente.

Entre la pérdida del torniquete y el esfuerzo que nos había supuesto llegar al lago, se le había abierto la herida.

-No lo sé.

No sé a qué se deberá el retraso, pero no soporto seguir viéndolo perder sangre. Me levanto para buscar un palo, pero encuentro rápidamente la flecha que rebotó en la armadura de Cato; servirá tan bien como la otra flecha. Cuando voy a cogerla, la voz de Claudius Templesmith retumba en el estadio.

-Saludos, finalistas de los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre. La última modificación de las normas se ha revocado. Después de examinar con más detenimiento el reglamento, se ha llegado a la conclusión de que sólo puede permitirse un ganador. Buena suerte y que la suerte esté siempre de vuestra parte.

Un pequeño estallido de estática y se acabó. Me quedo mirando a Peeta con cara de incredulidad hasta que asimilo la verdad: nunca han tenido intención de dejarnos vivir a los dos. Los Vigilantes lo han planeado todo para garantizar el final más dramático de la historia, y nosotros, como idiotas, nos lo hemos tragado.

-Si te paras a pensarlo, no es tan sorprendente -dice Peeta en voz baja.

Lo observo ponerse en pie a duras penas. Se mueve hacia mí, como a cámara lenta, sacándose el cuchillo del cinturón… Antes de ser consciente de lo que hago, tengo el arco cargado y apuntándole al corazón. Arquea las cejas y veo que su mano ya estaba camino de tirar el cuchillo al lago. Suelto las armas y doy un paso atrás, con la cara ardiendo de vergüenza.

-No -me detiene–, hazlo.

Peeta se acerca cojeando y me pone las armas de nuevo en las manos.

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Los alumnos introducen este fragmento en el género narrativo por ser una historia contada por un narrador. Además, nos dan las claves del género narrativo: es necesario un narrador que narre una acción que le ocurren a unos personajes. Normalmente el narrador narra usando el tiempo pasado pero los alumnos señalan que en el caso de esta narración se usa el presente. Además, sobre el narrador, señalan que está en primera persona y que no es omnisciente, es decir, no sabe todo lo que piensan el resto de personajes. Los alumnos conocen además los narradores en tercera persona, que son más habituales, y la capacidad de este para ser omnisciente.Otra de las características de la narrativa que los alumnos han señalado ha sido la coexistencia de varios tipos de escritura en el texto; tenemos narración, descripción y diálogo.

Para acercarse al teatro, los alumnos han leído y analizado un fragmento de Luces de Bohemia de Valle-Inclán. Este autor es significativo para ellos porque lo han estudiado y su obra les ha gustado.

ESCENA CUARTA

Noche. MÁXIMO ESTRELLA y DON LATINO DE HISPALIS tambalean asidos del brazo por una calle enarenada y solitaria. Faroles rotos, cerradas todas, ventanas y puertas. En la llama de los faroles un igual temblor verde y macilento. La luna sobre el alero de las casas, partiendo la calle por medio. De tarde en tarde, el asfalto sonoro. Un trote épico. Soldados Romanos. Sombras de Guardias: Se extingue el eco de la patrulla. La Buñolería Modernista entreabre su puerta, y una banda de luz parte la acera. MAX y DON LATINO, borrachos lunáticos, filósofos peripatéticos, bajo la línea luminosa de los faroles, caminan y tambalean.

MAX: ¿Dónde estamos?

DON LATINO: Esta calle no tiene letrero.

MAX: Yo voy pisando vidrios rotos.

DON LATINO: No ha hecho mala cachiza el honrado pueblo.

MAX: ¿Qué rumbo consagramos?

DON LATINO: Déjate guiar.

MAX: Condúceme a casa.

DON LATINO: Tenemos abierta La Buñolería Modernista.

MAX: De rodar y beber estoy muerto.

DON LATINO: Un café de recuelo te integra.

MAX: Hace frío, Latino.

DON LATINO: ¡Corre un cierto gris!…

MAX: Préstame tu macferlán.

DON LATINO: ¡Te ha dado el delirio poético!

MAX: ¡Me quedé sin capa, sin dinero y sin lotería!

DON LATINO: Aquí hacemos la captura de la niña Pisa-Bien.

LA NIÑA PISA-BIEN, despintada, pingona, marchita, se materializa bajo un farol con su pregón de golfa madrileña.

LA PISA-BIEN: ¡5775! ¡El número de la suerte! ¡Mañana sale! ¡Lo vendo! ¡Lo vendo! ¡5775!

Representación teatral de Luces de Bohemia

Representación teatral de Luces de Bohemia

Quizá el teatro haya sido el género que los alumnos han reconocido con más facilidad. De él dicen que es el género en el que el texto está pensado para su representación por eso no hay narrador sino que existe la voz del autor que se manifiesta para dar direcciones sobre las escenas, además, se señala el nombre de cada personaje cuando este interviene, característica que lo distingue de los diálogos de la narrativa. Otra característica señalada ha sido el uso de didascalias y acotaciones. Los alumnos definen didascalia como lo que el autor usa para decir cómo deben ir los personajes y el escenario mientras que las acotaciones nos dan información sobre los movimientos de los personajes, sus acciones o los elementos del escenario no señalados en las didascalias. Sobre las acotaciones, señalan además que pueden ser explícitas, cuando aparecen en el texto entre paréntesis (cosa que aquí no ocurre) o implícitas cuando es a través de un personaje que sabemos que debe haber algo en el escenario. Un ejemplo es en la frase final de este fragmento de Valle-Inclán; la Pisa-Bien debe llevar cupones puesto que está vendiéndolos.

Una vez definida la triada de los géneros literarios, hemos hecho que los alumnos vuelvan sobre el concepto de modo literariomodalidad. Para ello, un grupo de alumnos ha definido el modo parodia. ¿Y qué mejor para analizar la parodia que la novela más conocida de la literatura española? Sí, les hemos dado El Quijote, y para ser mas específicos, la aventura clave, conocida por todos y que aparece a continuación.

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.

—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras6: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:

—Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.

Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:

—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.

—¡Válame Dios! —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

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Narrativa ha sido el género que los alumnos le han asignado a este texto, pero han analizado las características que lo convierten en parodia y, por lo tanto, las características de esta última. Lo primero que han hecho ha sido dar una definición basta del concepto: Parodia es un texto copiado de otro cuya finalidad es reírse del original. De este modo, y sin saberlo, los alumnos están haciendo referencia a que la parodia usa como arma la hipertextualida formulada por Genette en cuanto a que el texto de Cervantes (hipertexto) nace de la fuente de los libros de caballerías (hipotexto).

Para dar algunas claves del humor y de la forma de distorsión de la parodia, los alumnos han relacionado figuras de la obra cervantina con sus hipotextos:

  • Don Quijote es un hombre de casi 50 años, enclenque y con mucha fantasía mientras que los caballeros medievales eran apuestos jóvenes.
  • Dulcinea, la amada de don Quijote es una labradora fea en comparación con las bellezas que pueblan las novelas de caballeros.
  • Sancho: Es un escudero gordo que en realidad solo acompaña a su amo al principio por intereses económicos mientras que el resto de escuderos de la tradición lo hacen por gloria.
  • Rocinante: Los caballos de las novelas y de los héroes como Bucéfalo o Babieca, son sanos y atléticos mientras que el rocín paródico es huesudo y enfermizo.
  • Los gigantes: El último punto de parodia que encontramos en este texto está en la confusión de gigantes con molinos y de la batalla que el caballero pierde contra ellos.

Como podemos ver, los alumnos han sido capaces de analizar los fragmentos y ponerlos en relación con sus conocimientos anteriores, de esta forma nos han podido otorgar esta clasificación genérica que nos puede sacar de dudas a más de uno.

Para cerrar la entrada, solo me queda presentar a los estudiantes que son los verdaderos autores de este artículo, la clase de 4.º A, yo soy simplemente un copista.

  • Mónica Carrasco Sánchez
  • Ainhoa Cortés Armero
  • Fatima El Malehy
  • Matías García González
  • Manuela García Madrid
  • Cristina González Ortiz
  • Alba María González Siles
  • Noelia Martínez Gil
  • Cynthia Méndez García
  • Juan Pablo Montoro Mouzo
  • Zaida Pleguezuelos Peñalver
  • Pepi Solano Aznar

Las funciones del lenguaje

Posted by on 15 Abr , 2015 in Lingüística | 2 comments

Las funciones del lenguaje

Uno de los temas recurrentes en el discurso lingüístico y filosófico ha sido el de las funciones del lenguaje. En efecto, han sido numerosos los pensadores que se han cuestionado acerca de las funciones del lenguaje, esto es, ¿para qué sirve el lenguaje?

 Platón

El Crátilo de Platón es uno de los primeros textos en los que se realiza un planteamiento acerca de interrogantes tales como cuál es el origen del lenguaje o para qué sirve el lenguaje.  De esta forma, Platón, mediante el recurso estilístico de un diálogo entre Sócrates, Crátilo y Hermógenes, aborda un debate entre estos sobre la convencionalidad o la naturalidad de las palabras. En este diálogo vamos a encontrar una afirmación de Crátilo que se refiere al tema que nos atañe: 

Sócrates.- Pero dime a continuación todavía una cosa: ¿cuál es, para nosotros, la función que tienen los nombres y cuál decimos que es su hermoso resultado?

Crátilo.- Creo que enseñar, Sócrates. Y esto es muy simple: el que conoce los nombres, conoce también las cosas.

En el Crátilo se constatan elementos tan básicos como la complejidad del origen de las palabras y la naturaleza inherente a estas, así como la incapacidad, que a día de hoy persiste, de clarificar dicha cuestión. En cualquier caso, de la lectura del Crátilo se desprende que el lenguaje es una herramienta que sirve a una persona para decirle a otra algo sobre las cosas, «el que conoce los nombres conoce también las cosas». De este modo, para Platón el lenguaje es una herramienta para conocer y para comunicar. 

¿Sabías qué?

Borges en su poesía El Golem se refiere a la discusión platónica del Cratilo: Si, (como el griego afirma en el Crátilo) el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo.

 Bühler

En base a esta concepción de la lengua como herramienta, el lingüista y filósofo alemán, Karl Bühler, organizó el lenguaje como una triada de funciones en las que, según él, la comunicación se fundamentaba en tres planos:

         – El plano del emisor: Función expresiva

         – El plano del mensaje: Función representativa

         – El plano del receptor: Función apelativa

 Estos tres planos forman el esquema más simple de la comunicación:

 

Bühler, en su obra Teoría del lenguaje (estudiada por el filósofo Julian Marías, en el que nos basamos), desarrolló este planteamiento, donde, por encima de todo, la función primordial del lenguaje es la comunicación, y subordina a esta las subfunciones ya mencionadas:

Función representativa

Aquellos mensajes en lo que se trata fundamentalmente de expresar ideas, es decir, de establecer una relación entre el enunciado y las cosas de las cuales nos habla dicho mensaje.

Por ejemplo, en el mensaje “Las mujeres viven más años que los hombres”, se nos comunica un hecho con un contenido objetivo (es un dato comprobable de forma estadística). Por tanto, es una función que se refiere a la transmisión de mensajes de contenidos objetivos.

 

Función expresiva 

Aquellos mensajes en los que se reflejan los sentimientos y las apreciaciones subjetivas del emisor, es decir, relacionan al emisor con el mensaje y, en consecuencia, nos dice algo acerca de este.

Por ejemplo, en el mensaje “José Manuel es guapo”, tenemos un mensaje subjetivo, pues es un dato que depende de la percepción del emisor, no de una realidad demostrable (guiño). 

 

Función apelativa

Aquellos mensajes mediante los cuales se trata de provocar una conducta o una reacción determinada en el receptor. De este modo, se pone en relación al receptor con el mensaje.

Por ejemplo, si indicamos a alguien que cierre la puerta, el mensaje indica al receptor de este una acción objetiva que esperamos de él.

También nos indica Bühler que no existe una separación definida de estas funciones, de forma que cuando comunicamos algo en un mensaje pueden confluir todas en el mismo mensaje.

 

Jakobson

Cualquiera que se inicie en el estudio de las funciones del lenguaje, de forma invariable, ha de pasar por el modelo que estableció Jakobson sobre dicho tenor. El lingüista ruso, dentro de obra Ensayos de lingüística general (1975), incluyó un apartado en el que pretendía establecer un vínculo entre Lingüística y poética, que así es como se llama el artículo en cuestión. En este artículo, Jakobson, establece que la poética está intrínsecamente ligada a la lingüística en tanto en cuanto la poética, para él, es una de las funciones del lenguaje. En consecuencia, delimita cuales son estas funciones, puesto que «antes de analizar la función poética, tenemos que definir su lugar entre las demás funciones del lenguaje» (Jakobson: 352).

De este modo, parte del esquema de Bühler (E, M, R) para añadir tres factores al hecho discursivo. Es el célebre esquema:

Las funciones del lenguaje. Jakobson. Bühler

 

 

 

 

 

 

 

Así pues, si el mensaje está orientado hacia el contexto este hace referencia la función referencial, que también denomina denotativa o cognoscitiva. Esta función no habla de significado sino de sentido, esto es, cuando un mensaje se emite en un contexto dado, dicho contexto implica un significado en sí mismo como parte del mensaje. Es una función objetiva pues tiende a la información en sentido estricto. Equivale a la función representativa de Bühler. Esta función está presente en todos los actos comunicativos, y puede ser verificable en el sentido de que la relación que se establece entre el mensaje y el referente puede ser verificable. Es la función predominante en el discurso científico.

Ejemplo: Las personas con codependencia emocional tienen una gran necesidad de agradar a los demás.

 

Cuando el mensaje está orientado hacia el emisor se ve implicada la función emotiva (expresiva en Bühler) puesto que supone una expresión subjetiva del hablante respecto de lo que está diciendo. Esto es, habla de su estado emotivo y, en consecuencia, estamos ante una función esencialmente afectiva y subjetiva que exterioriza las actitudes, deseos, ánimos, sentimientos o voluntades del emisor. Las interjecciones son el elemento lingüístico más característico de esta función. Es la función predominante en el discurso amoroso.

 Ejemplo: ¡Ay! Qué afortunado soy de contar con vuestra amistad.

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La orientación hacia el oyente hace referencia a la función conativa (apelativa en Bühler). Está expresamente dirigida al destinatario, al que pretende moverlo en algún sentido, es decir, implica en el destinatario una llamada a la acción por parte del emisor. Es la función de mandato e interrogación. El emisor intenta influir en la conducta del destinatario. Su máxima expresión gramatical se encuentra en el vocativo y el imperativo. Es la función predominante en el discurso político o publicitario.

Ejemplo: Por favor, te ruego que me dejes tranquilo.

 

Por su parte, la función fática o de contacto, está orientada al canal de comunicación establecido entre destinador y destinatario.  La función que cumple es la de iniciar, mantener, interrumpir o finalizar una conversación, o simplemente comprobar que el canal comunicativo funciona. Puede depender tanto de factores físicos (si hablamos por teléfono y se corta la llamada) como de factores psicológicos (el desinterés en la conversación). Los saludos, las formulas de cortesía y las felicitaciones son los recursos más utilizados en esta clase de mensajes.

Ejemplo: ¡Hola!, sí, ¿me oyes? (Durante una conversación por teléfono).

 

Cuando el mensaje está orientado hacia el propio código de la lengua estamos hablando de la función metalingüística, esto es, a través de la lengua hablamos de la propia lengua. De este modo, el mensaje habla del propio lenguaje, aclara el mensaje.

Ejemplo: José Manuel es un nombre propio.

 

Para terminar con las funciones del lenguaje de Jakobson, nos queda la función que motivó el estudio del resto, es decir, la función poética, que se refiere al mensaje por el mensaje. En efecto, lo que interesa desde este punto de vista es la forma del mensaje. En consecuencia, se puede afirmar que es la función estética por naturaleza y la predominante en el discurso literario. Los elementos que emplea a través de los recursos estilísticos o retóricos son variados. Es la función a la que Jakobson dedicó un mayor análisis en su estudio. Su teoría ha dado pie a numerosos debates en el campo de la teoría literaria.

Ejemplo: Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.

 

Tal y como dice el lingüista ruso, «cada uno de estos seis factores determina una función diferente del lenguaje. Aunque distingamos seis aspectos básicos del lenguaje, nos sería sin embargo difícil hallar mensajes verbales que satisficieran una única función» (Jakobson: 353). Esto es, las funciones del lenguaje se presentan entremezcladas en los mensajes. Por tanto, es frecuente que, por ejemplo, en un texto publicitario podamos encontrarnos la función conativa y la función poética. Y así con cualquier tipo de discurso donde hallaremos,  de forma invariable, varias funciones en un mismo mensaje.

El modelo de Jakobson está considerado como el más completo en la comunicación lingüística. Gracias a él podemos percatarnos de que el lenguaje no sirve solo para comunicar sino que también mediante el lenguaje manipulamos, persuadimos, ordenamos, sancionamos, etc. No obstante, no ha estado exento de críticas como sucede con toda teoría que se precie.

Los actuales modelos pragmáticos y sociolingüísticos han aportado una nueva perspectiva para el estudio del lenguaje a través de los cuales el contexto se sitúa como un elemento intrínseco del lenguaje, unificando lengua-habla/competencia-actuación.

 

Bibliografía:

Jakobson, Roman (1975). Ensayos de lingüística general. Editorial Seix Barral S.A. Barcelona.

Marías Julian (1973). Karl Bühler y la teoría del lenguaje. Antropología metafísica,cap. 27 2ª ed. El Alción, Madrid, pp. 241 -243.

Platón. Crátilo. Recurso electrónico.

 

 

 

Bartleby, el escribiente

Posted by on 12 Mar , 2015 in Lecturas | 0 comments

Bartleby, el escribiente

«Bartleby, el escribiente» es un cuento de Herman Melville que, al igual que le sucediera con la publicación de su novela más conocida, Moby Dick, no tuvo en su momento trascendencia entre el público y la crítica para mayor desesperación y frustración de su autor. No obstante, como siempre sucede con toda buena obra, con el tiempo fue aumentando la importancia de este relato publicado por primera vez en 1853. Desde entonces, han sido numerosos los críticos literarios, los filósofos y los escritores que, como Borges que tradujo el relato al español e indicó que en este relato se prefigura la obra de Kafka, se han acercado a la inquietante figura de Bartleby, el escribiente. Es por ello que vamos a realizar un análisis de este célebre cuento.

Desde el punto de vista narrativo, observamos que Melville utiliza un narrador en presente. Es un narrador del que desconocemos casi todo, ni siquiera sabemos su nombre. Solo se identifica a sí mismo como un abogado de Wall Street. En cambio, este narrador si nos va a relatar cual es su filosofía de vida, esto es, un estilo de vida donde la seguridad y la prudencia han de ponderarse por encima de todo. Desde esta perspectiva vital, el narrador se siente conminado a describir, ya en pasado, los hechos acaecidos en su despacho con la contratación de un amanuense. Sí, hablamos de Bartleby. Al igual que sucede con el narrador del relato, de Bartleby tampoco sabremos nada más que los sucesos detallados por el abogado durante el periodo en que ambos coincidieron en su despacho, merced a la necesidad de este de contratar a un nuevo escribiente a causa de un mayor volumen de trabajo en su negocio. Como podemos observar, el silencio, la falta de información sobre los personajes, va a ser una característica fundamental en esta historia.  De esta forma, el lector, ante la falta de información de un personaje del que «nada se puede determinar»,  se verá abocado a completar los silencios —magistralmente creados por Melville— del relato.

Prosigue la historia con la referida incorporación del amanuense al despacho del abogado. La posterior descripción del ambiente y de los personajes con los que  Bartleby compartirá ubicación. A destacar, una vez más, la ausencia de las identidades de estos,  pues, más allá de unos apodos referidos a sus hábitos alimentarios o a sus costumbres o manías respecto del trabajo, no conoceremos nada del resto de sus vidas o inquietudes. Bartleby va a convertir ese cubículo, que es la oficina, en su mundo. Comienza el amanuense realizando un trabajo eficiente y voluminoso que, no obstante, no terminará de satisfacer a su patrón puesto que, a ojos de éste, realizaba su labor «en silencio, pálida y mecánicamente».

Como podemos observar, la perspectiva del relato nos es presentada desde la persona del abogado, en consecuencia, todo lo que conocemos de Bartleby está influido por la ya mencionada actitud vital del narrador. De este modo, uno de los puntos claves en el desarrollo del cuento es cuando Bartleby, en respuesta a una solicitud de su jefe de revisar unos documentos, pronuncia su célebre frase «preferiría no hacerlo». Con esta actitud se da inicio a la confrontación del escribiente con el desempeño social que se espera de él, lo que, a su vez, desencadenará el desconcierto y la turbación en la figura del abogado, fiel representante del orden y la corrección social.

 

Para saber más

El filósofo coreano Byung-Chul Han, ha sido uno de los últimos pensadores en acercarse a la figura de Bartleby, el escribiente. En su libro «La sociedad del cansancio» analiza este personaje confrontándolo con el superagotamiento del Yo de la sociedad de rendimiento tardomoderna. Para Han, el mensaje central del relato de Bartleby es que todos los esfuerzos por la vida conducen a la muerte.

 

Bartleby se convierte en una suerte de ratón que  —de forma voluntaria— vive encerrado en la oficina. En este espacio, se nos muestra como único actor de una terrible soledad  confrontada ante el muro ciego del miedo, la compasión y, finalmente, la repulsión a la que será sometido. El desenlace de la obra se precipita con la decisión de Bartleby de no escribir más  —«he dejado de copiar»—. De esta forma,  se produce un cambio de paradigma que va desde el rechazo, la resistencia del «preferiría no hacerlo» hasta la negación, la nulidad del «he dejado de copiar», esto es, un escribiente que no escribe, un ser que decide no ser. Esta decisión de no escribir, conllevará el encarcelamiento y la posterior muerte por inanición de este inquietante personaje.

En cuanto a la figura del pintoresco personaje creado por Melville, podemos determinar que en él confluyen diversos aspectos reseñables a la condición humana. Así, en primer lugar, por encima de todo, trasciende el arrojo de Bartleby, su capacidad para erigirse en un ser libre capaz de confrontar su ánimo y su propia vida a una sociedad que no tiene nada que ofrecerle más allá de unas pautas marcadas dentro de unos convencionalismos instituidos —incluso para aquellos que pretenden vivir al margen de esta, puesto que no lo hacen sino en los límites que se han establecido para ellos—. En consecuencia, escapar del tiempo y de la sociedad en la que se vive se convierte en una tarea que trasciende los limites de la imposibilidad dentro de una organización humana que fagocita cualquier atisbo de libertad —que no haya sido prevista de antemano por esta—. De este modo, ante la violación de la norma fundamental de inclusión social, por parte de cualquiera que se atreviera a quebrantarla, los resortes de la represión contra el individuo en cuestión serían accionados con la consiguiente reacción coercitiva de la sociedad con el afán de subsanar dicha infracción mediante, por norma general, la exclusión impuesta a través del concepto de locura utilizado contra aquellos que no acatan su servidumbre.

Es por ello que la determinación de Bartleby de rebelarse contra su  desempeño social adquiere una mayor dimensión en el relato. Primero, a través de la resistencia pasiva, con los celebres «preferiría no hacerlo», que tanto turban y desconciertan a su jefe y narrador de la historia como se entrevé en la frase que este pronuncia «no hay nada que exaspere más a una persona sería que la resistencia pasiva», anticipando el imposible encaje de Bartleby en el mundo en el que se encuentra, donde por ello ha de pagar con la soledad, «Parecía estar solo, absolutamente solo en el universo». Fiinalmente, ante el viraje que realiza el personaje hacia la negación absoluta de su condición de escribiente-persona, «Al preguntarle por qué no escribía me dijo que había decidido no escribir más», y el desconcertante, «¿No ve usted el motivo?», con que justifica la  decisión que desembocara en su apresamiento y posterior fallecimiento en el que nos deja la última muestra de su dignidad de carta sobrante. ¡Ay, Bartleby! ¡Ay, humanidad!

Introducción a la lingüística de Eugenio Coseriu. Notas

Posted by on 3 Mar , 2015 in Lingüística | 7 comments

Introducción a la lingüística de Eugenio Coseriu. Notas

En Introducción a la lingüística de Eugenio Coseriu, el egregio lingüista rumano, pretende establecer las bases propedéuticas del estudio de la lingüística como ciencia, dejando patente, una vez más, el carácter reflexivo de una disciplina que se nutre de su propia fuente de estudio para articularse como tal. Para ello, el autor, comienza por definir y delimitar su objeto de estudio, es decir, nos indica qué es y qué no es lingüística. De sus palabras podemos, así, extraer unos conceptos que nos resultarán imprescindibles para entender la lingüística.

Encontramos, de esta forma, una primera definición en la que se nos resalta que la lingüística es «la ciencia que estudia desde todos los puntos de vista posible el lenguaje humano articulado, en general y en la formas específicas en que se realiza, es decir, en los actos lingüísticos y en los sistemas de isoglosas, llamados lenguas» (Coseriu, 1986: 11). Asimismo, se opone este concepto dado a otras ciencias, tales como la filología, puesto que, para el autor, ésta es «la ciencia de todas las informaciones que se deducen de los textos» (Coseriu, 1986: 13) , por lo que mientras que la lingüística considera los textos como hechos lingüísticos, como fenómeno del lenguaje, para la filología los mismos textos representan unos documentos para el estudio de la cultura e historia de éstos. A pesar de dicha oposición, la lingüística y la filología se sirven la una de la otra en sus respectivos propósitos, esto es, la filología proporciona a la lingüística informaciones que no se pueden deducir exclusivamente del aspecto lingüístico de los textos, y al contrario, el filólogo tendrá que recurrir a los hechos lingüísticos para poder cumplir su objeto. Si bien, hay corrientes, como la lingüística idealista, que no realizan esta distinción, identificando el lenguaje con la poesía y la lingüística con la filología.

De la propia definición de lingüística, Coseriu, considera necesario precisar los distintos términos que utiliza para nominarla, por lo que también nos facilita, entre otras, las definiciones de lenguaje o lengua.

En referencia al lenguaje, definido como «cualquier sistema de signos simbólicos empleados para intercomunicación social» (Coseriu, 1986: 21), nos hace notar que la lingüística se ocupa esencialmente del lenguaje articulado, esto es, el estudio del lenguaje en que los signos son palabras constituidas por sonidos. Dentro del lenguaje articulado se distinguen dos realidades básicas: el acto lingüístico y la lengua, o sea, el sistema al que el acto corresponde. En consecuencia, el acto lingüístico corresponde «al acto de emplear para la comunicación uno o más signos del lenguaje articulado» (Coseriu, 1986: 16), donde estos signos o símbolos, para que realmente sea posible que produzcan el acto comunicativo, tienen que poseer la misma forma y más o menos el mismo significado dentro de una determinada comunidad lingüística. Este hecho, con cierto grado de abstracción, nos permite hablar de la “identidad” de los signos que encontramos en los actos lingüísticos, lo que a su vez nos lleva a la definición de lengua como un sistema de isoglosas comprobado en una comunidad de hablantes, es decir, la lengua no existe solo como sistema de actos lingüísticos sino que también lo hace virtualmente en la memoria de los hablantes de dicha comunidad.

Se nos plantea, entonces, el concepto de isoglosa en la definición de lengua. Las isoglosas representan los actos lingüísticos comunes de cierto territorio, o de cierta época o de dos o más épocas, por ello, cuanto más amplio es el sistema de isoglosas considerado en el espacio o en el tiempo, tanto menor es el número de isoglosas que lo consituyen y viceversa. Así, por ejemplo, el sistema español contiene menos isoglosas que el sistema murciano.

El autor afina todavía más en el acotamiento de la lingüística, denominando lingüística general a la ciencia que estudia el lenguaje en su esencia y en sus aspectos generales sin referencia a una lengua determinada. También diferencia la lingüística general de la filosofía del lenguaje, puesto que ésta última se ocupa de la relación del lenguaje con otras actividades humanas y busca la esencia última del lenguaje entre los fenómenos que manifiestan la propia esencia del hombre.

Dentro de la definición de lenguaje, se hace referencia también a los signos. Comúnmente entendemos por signo «el “instrumento” que está por una idea, un concepto o un sentimiento con los cuales el signo mismo no coincide: un instrumento que evoca, en particular, un concepto en virtud de una “convención” y de acuerdo con una tradición determinada, pero que no tiene con el concepto evocado ninguna relación necesaria de causa a efecto o viceversa» (Coseriu, 1986: 22). Por poner un ejemplo, el signo que representa el vocablo “mesa” en sí mismo, es decir, en su naturaleza intrínseca, no contiene ningún elemento que evoque el objeto al que se refiere. En consecuencia, podemos establecer que los signos del lenguaje humano tienen siempre un valor simbólico, es decir, un valor que no reside en los signos materiales como tales y al que éstos sólo se refieren.

¿Sabías qué?

Coseriu además de ser catedrático de lingüística románica de la Universidad de Tubinga (Alemania), donde fue nombrado profesor emérito, obtuvo más de 40 doctor honoris causa en universidades de todo el mundo.

Además de los signos utilizados en el lenguaje articulado, existen otros sistemas de signos simbólicos empleados por la humanidad que pueden ser considerados como lenguajes, tales como los sistemas de señalamiento (con banderitas, con señales luminosas, etc.). Por tanto, «la lingüística no puede ser una ciencia general de los “lenguajes”, que constituiría más bien el objeto de estudio de la llamada semiología, sino que trata exclusivamente del lenguaje articulado y de los sistemas que solo reproducen a éste» (Coseriu, 1986: 25).

Otro de los conceptos que el autor establece es el de acto lingüístico. Todo acto lingüístico «es un acto de creación, un acto singular, puesto que no reproduce ningún acto lingüístico anterior y que sólo por los limites que le impone la necesidad de la intercomunicación social se “semeja a actos lingüísticos anteriores, pertenecientes a la experiencia de una comunidad”». Es, en efecto, «un acto eminentemente individual, pero vinculado socialmente por su misma finalidad, que es la de “decir a otros algo acerca de algo”» (Coseriu, 1986: 27).

Prosigue Coseriu realizando un recorrido histórico por la definición de acto lingüístico. De esta forma, nos indica que Humboldt fue el primero en distinguir los dos aspectos fundamentales del lenguaje: «el lenguaje como enérgeia, es decir, como continua creación de actos lingüísticos individuales, como algo dinámico que no está hecho de una vez por todas sino que se hace continuamente (lo que representaría el habla), y, por otra parte, el lenguaje como ergon, vale decir, como “producto” o “cosa hecha”, como sistema históricamente realizado (“lengua”).» (Coseriu, 1986: 29). A Humboldt, se le puede considerar el fundador de la lingüística general.

Asimismo, nos cuenta que hubo que esperar bastantes años, hasta que Saussure destacó nuevamente los dos aspectos esenciales del lenguaje, la parole (habla, acto lingüístico) y langue (lengua), así, según Saussure, la langue constituye, la norma, el sistema lingüístico que se realiza al hablar, y pertenece a la sociedad, y la parole es la actividad de hablar y pertenece al individuo. Para Saussure, igualmente el objeto de estudio de la lingüística ha de ser en primer lugar el sistema, o sea, la langue, sin desconocer, eso sí, la parole, ya que, de acuerdo con una de sus tesis “nada existe en la lengua que no haya existido antes en el habla”.

Continúa, Coseriu (1986: 31), con otros estudiosos, como Vossler, que destacaron el valor del acto lingüístico. Éste incidió sobre la importancia de un factor hasta entonces prácticamente ignorado por los lingüistas: el oyente, puesto que el acto lingüístico, por su misma finalidad, ha de comunicar algo a alguien, por lo que siempre, han de existir, por lo menos dos individuos implicados: un hablante y un oyente. De esta forma, el acto lingüístico no pertenece exclusivamente al individuo, como afirmaba Saussure, puesto que es al mismo tiempo un hecho individual y un hecho social: el individuo hablante expresa de una manera inédita una intuición inédita que le pertenece exclusivamente pero que no crea íntegramente su expresión toda vez que la somete necesariamente a lo que constituye norma en su sociedad, puesto que de no ser así, podría quedar incomprendido, no produciéndose pues la finalidad comunicativa. De esta forma, queda establecido en todo acto lingüístico la relación entre dos individuos, por lo menos, que implica necesariamente: una intuición y una expresión del individuo A y una percepción y una imagen (nueva intuición) de un individuo B.

Como hemos visto antes, la lengua en sí mismo «es una abstracción nuestra: de hecho, se comprueban solo los actos lingüísticos individuales, más o menos semejantes, que de forma metodológica consideramos idénticos». Así pues, una lengua no es sino «el conjunto de los actos lingüísticamente idénticos de una comunidad de individuos, es decir, un sistema de isoglosas convencionalmente establecido», así como, «el conjunto de actos lingüísticos comunes virtuales en la conciencia de cada uno de nosotros en la misma lengua como sistema»  (Coseriu, 1986: 34). De esta manera, nosotros somos conscientes de pertenecer al sistema español, y asimismo un angloparlante, sería capaz de reconocer a un hispanoparlante, como perteneciente a la comunidad lingüística del español, aun desconociendo nuestra lengua. Esto es, la conciencia del hablante.

Por tanto, la definición más amplia y más exacta del término lengua, es la de sistema de isoglosas. Si bien, en la lingüística se habla a menudo no de lenguas sino de dialectos. Un dialecto es «el sistema de isoglosas de una región teniendo en cuenta sólo ciertos fenómenos característicos» (Coseriu, 1986: 38). Así, podríamos decir también que una lengua es un sistema de dialectos. Por ejemplo, en el sistema español se puede delimitar un número cualquiera de dialectos (castellano, andaluz, aragonés, etc) y dentro de los dialectos se pueden distinguir sistemas menores de isoglosas, los llamados patois o subdialectos (toledano, cordobés, sevillano.)

«Sistema, norma y habla» y «Sincronía, diacronía e historia» son dos de sus obras fundamentales.

Es preciso advertir que «toda lengua común no es en su origen sino un dialecto como los demás), de una comunidad o ciudad, pero que, por motivos políticos, históricos o culturales, ha llegado a ser lengua nacional o supranacional» (Coseriu, 1986: 39). Así el español común es, en su origen, el dialecto castellano.

Como vemos, en el significado del término lengua, es necesario precisar el sentido que se le quiere dar cada vez que se emplea. En la propia lingüística el término lengua presenta muchos empleos específicos, como en las expresiones: lenguas especiales (argots, lenguajes técnicos, etc.), lenguas artificiales (esperanto, basic english, etc.), las lenguas criollas o las lenguas francas.

Una vez establecidos la mayoría de términos relativos a la lingüística, el autor incide en la denominada realidad del lenguaje (Coseriu, 1986: 51-61). Para ello, encara el lenguaje como un fenómeno sumamente complejo, puesto que presenta aspectos puramente físicos (sonidos) y aspectos fisiológicos, aspectos psíquicos y aspectos lógicos, aspectos individuales y aspectos sociales. Es por ello que se establecen distintas corrientes filosóficas respecto a la aproximación al lenguaje.

De esta manera, los lógicos atienden sobre todo lo que llaman el aspecto lógico del lenguaje, es decir, el aspecto de pura comunicación simbólica de conceptos. Atienden, en primer lugar, a un lenguaje abstracto y no al lenguaje como fenómeno histórico y se ocupan del estudio de un lenguaje científicamente “útil”, es decir, lo más adecuado para la expresión de ideas, así como de la relación del lenguaje con la realidad y con los hechos del conocimiento, siendo uno de sus principales centros de interés, el de la concordancia entre gramática y lógica, esto es, entre la lógica del lenguaje, y la lógica como tal.

En el polo opuesto, según Coseriu, se encuentran los psicologistas, que a menudo consideran el lenguaje como conjunto de hechos puramente psíquicos, cuyo objeto lo constituyen todos aquellos aspectos que en el lenguaje pueden considerarse hechos psíquicos, tales como las imágenes, intuiciones y percepciones verbales.

Más lejos llega la psicología behaviorista, que, partiendo en su estudio de la conducta de ciertos animales superiores y de ciertos hechos de expresión que entre éstos se registran, llega a querer interpretar también la actividad simbólica del hombre en un marco causalista y de “contextos” puramente psico-físicos.

La lingüística actual reconoce en el lenguaje un aspecto lógico y un aspecto psíquico-afectivo, que interfieren el uno con el otro y pueden prevalecer alternativamente, pero sin llegar a la exclusión reciproca. Así pues, es indudable que el lenguaje puede considerarse como forma fundamental de nuestra actividad cognoscitiva, ya que nuestra experiencia de la realidad se manifiesta a través de los signos lingüísticos, por medio de los cuales (a través de sus significados) nos referimos a la realidad extralingüística como a algo sabido. Los signos lingüísticos no designan individuos, experiencias aisladas, sino que significan géneros, clases, o sea, conceptos generales elaborados por la razón.

Por esta íntima conexión que existe entre lenguaje y conocimiento no es posible prescindir de la lógica en el examen del lenguaje, pero esto no justifica una consideración puramente logicista del lenguaje. En efecto, el lenguaje no es algo que se vuelve a hacer íntegramente en cada acto concreto de hablar, sino que es también hecho tradicional, en gran parte “automatizado”, puesto que la operación cognoscitiva no se repite en su totalidad cada vez que se hablan, sino que los actos lingüísticos se crean sobre modelos anteriores y por analogía actos lingüísticos semejantes, pertenecientes al mismo sistema. Así, por ejemplo, si consideramos la categoría gramatical del genero, nos encontramos con términos como “mesa” de genero femenino, pero si atendemos a criterios estrictamente lógicos, no existe en el objeto mesa, ninguna característica que indique que ésta pertenece al genero femenino, e igualmente pasaría si fuera masculino.

Por lo que deducimos que la lengua, aun reflejando evidentemente el pensamiento, no sigue su mismas leyes, en parte por su aspecto de sistema tradicional y en parte por su aspecto afectivo, “estilístico”, que es a menudo metafórico. Pero, de ninguna manera se puede afirmar que el elemento predominante en el lenguaje es el factor afectivo, con el cual la razón no tendría nada que ver.

Por ser el lenguaje un hecho social (al menos dos individuos) y cuya finalidad es la comunicación, es condición imprescindible del lenguaje su aceptabilidad, su inteligibilidad, puesto que para poder expresar manifestaciones psíquicas individuales, es preciso adaptarse a una norma que resulte aceptable a los demás individuos de nuestra comunidad.

En los últimos años, frente a los extremos sociologistas, que consideran casi en exclusiva el aspecto social del lenguaje, o los individualistas, que consideran en primer lugar el aspecto individual del lenguaje (los actos lingüísticos), se ha desarrollado una lingüística que estudia las lenguas como sistemas pertenecientes a determinadas comunidades (aspecto social), pero sin desconocer que la lengua es una abstracción científica o un objeto ideal: un sistema de isoglosas constituido sobre la base de actos lingüísticos (aspecto individual).

De esta manera, las lenguas existen y se desarrollan no sólo en virtud de la razones internas de su equilibrio como sistemas (relaciones estructurales), sino tambien, en relación con otros fenómenos del espíritu y sociales: la lengua está íntimamente relacionada con la vida social, con la civilización, etc. Siendo, pues inseparable la historia de la lengua de la historia política y cultural, o más aun como esa misma historia del espíritu humano.

Como conclusión, podemos determinar que en Introducción a la lingüística de Eugenio Coseriu, nos encontramos ante una obra y un autor imprescindibles para todo aquel que quiera adentrarse en este complicado y fascinante mundo de la lingüística.  

La retórica del silencio

Posted by on 18 Feb , 2015 in Lingüística | 0 comments

La retórica del silencio

La retórica es una disciplina transversal a distintos campos de conocimiento que estudia y sistematiza procedimientos y técnicas de utilización del lenguaje con una finalidad estética o persuasiva dentro de la comunicación. En efecto, el llamado ars bene dicendi se convirtió «durante varios siglos, desde la Antigüedad al siglo XIX, en objeto de una definición funcional a la par que técnica: era un arte, es decir, un conjunto de normas que permitía, bien persuadir, o bien, más adelante, expresarse bien» (Barthes, 2009: 166).

La retórica clásica dispuso las bases de la composición y la disposición del discurso, así pues, estableció una oposición entre fondo y forma que:

Oponía Res a Verba: de Res (o materiales demostrativos del discurso) dependía la Inventio, o búsqueda de lo que podría decirse sobre un tema; de Verba dependía la Elocutio (o transformación de esos materiales en una forma verbal), y esta Elocutio venía a ser, en términos generales, nuestro estilo. La Forma se consideraba como la apariencia o vestidura del Fondo, que era la verdad o el cuerpo. (Barthes, 2009: 176)

El débate en torno al fondo y la forma se centró —y se centra— en determinar si la forma debe someterse al fondo o si ésta puede ser un elemento significativo por sí misma.

Con un esquema lo vamos a comprender mejor:

 

Esquema sobre el fondo y la forma en Retórica.

Esquema sobre el fondo y la forma en Retórica.

 

 Como podemos observar, la Inventio se ocupa de las ideas, la Dispositio de la organización y estructuración de las mismas y la Elocutio de la exteriorización de éstas por medio del lenguaje. Así pues, en esta división establecida por Quintiliano1 el silencio puede darse en cualquiera de las tres partes, tanto en la Inventio como en la Dispositio como en la Elocutio

En la Inventio realizamos la elección de las ideas que nos servirán para construir nuestro discurso y en la Dispositio estructuramos las mismas. De esta forma, todas aquellas ideas o argumentaciones que no sirvan a nuestro propósito deberían de ser ocultadas en una suerte de silencio estratégico que nos permita adquirir cualquier situación ventajosa en nuestra interlocución. En consecuencia, se puede afirmar que existe la retórica del silencio como parte fundamental de la argumentación.  

En nuestra entrada La estrategia del silencio desarrollamos la parte correspondiente a la elección y estructuración de las ideas, esto es, la Inventio y la Dispositio. Pincha aquí para leerla.

En la Elocutio se exponen las ideas y la disposición de las mismas a través del lenguaje. Por consiguiente, la expresión del silencio en este apartado se convierte en un elemento sígnico que adquiere un valor significativo que se materializa mediante las figuras retóricas; es decir, a través de formas no convencionales de las palabras se busca un desvío en el uso de la norma con el fin de lograr un efecto estilístico.

Podemos encontrar numerosas clasificaciones sobre las figuras retóricas existentes por lo que vamos a seleccionar solo aquellas que consideramos que pueden implicar un silencio bien de tipo gramatical como las figuras de omisión o bien de tipo semántico como las que tienen un efecto metafórico. Procedamos a analizarlas siguiendo las denominaciones encontradas en el Diccionario de retórica y poética de  Beristáin (1995):

El asíndeton: es una figura retórica de omisión que afecta a la construcción sintáctica del enunciado. Consiste en la supresión de nexos y conjunciones entre palabras, proposiciones u oraciones. Esta ausencia de nexos consigue un efecto de mayor fluidez y dinamismo o de apasionamiento, puesto que intensifica la fuerza expresiva al convertir en una unidad lo que es múltiple.

Podemos observar que esto sucede así en este extracto de la poesía Desmayarse de Lope de Vega: «Desmayarse, atreverse, estar furioso, áspero, tierno, liberal, esquivo, alentado, mortal, difunto, vivo, leal, traidor, cobarde y animoso […]»; en efecto, el poeta consigue un mayor dinamismo  y expresividad silenciando los nexos copulativos. El asíndeton puede darse entre sustantivos, adjetivos y verbos.

La elipsis: supone la ausencia de una entidad lógica que forma parte de la estructura sintáctica de una oración. Sin embargo, esta omisión ni distorsiona el sentido de la frase ni implica una contradicción de las reglas gramaticales, puesto que dicha supresión se sobreentiende por el contexto. De esta manera, con la elipsis se consigue un efecto estilístico que dota de mayor agilidad al texto sin añadir o modificar el significado, solo afecta a la forma.

Así, puede silenciarse el elemento verbal como podemos ver en el refrán «A enemigo que huye, puente de plata», donde se sobreentiende el verbo ‛poner’, es decir, el refrán completo sería: “al enemigo que huye, ponedle un puente de plata”.  También puede silenciarse un elemento nominal, tal y como sucede en la frase «Lucia ha tomado tres vasos de cerveza, yo solo uno», donde con ‛uno’ está indicando que ha tomado nada más que un vaso de cerveza. En esta frase se omite tanto el verbo como el sustantivo sin que el sentido de la misma se vea afectado, gracias al principio de economía del lenguaje que restringe la cantidad de elementos que pueden usarse en la comunicación mientras ésta sea efectiva.

La metáfora: es una figura retórica de significado puesto que implica la identificación entre dos términos, de tal manera que se traslada el sentido recto de una de las voces a otro figurado a través de su semejanza o analogía. En una metáfora se dan tres elementos: 1º) El termino real, aquello de lo que en realidad se habla. 2º) El termino imaginario, es algo que se asemeja al termino real. 3º) La semejanza entre el termino real y el termino imaginario.

De esta forma, en el primer verso del poema A Flori, que tenia unos claveles entre el cabello rubio  de Quevedo «Al oro de tu frente unos claveles», observamos como el termino real  —el pelo— se sustituye por el termino imaginario —el oro— a causa de la semejanza que se infiere entre el color del pelo rubio y el color del oro. En efecto,  «la metáfora fuerza un silencio mediante la economía: se suprimen los elementos de la comparación y así se logra una traslación de significados. La palabra previsible queda sustituida por otra análoga. Por tanto, se pronuncia o se escribe una palabra donde era posible otra» (Grijelmo, 2012: 183).

La ironía: a través de esta figura retórica damos a entender lo contrario de lo que realmente queremos decir, en consecuencia, entre el significado completo de lo dicho y el significado exacto de lo que se pretende decir existe un contenido que no se especifica, se silencia, y ese significado oculto es el silencio que el receptor ha de interpretar. De esta forma, la ironía no siempre es identificada por el receptor puesto que implica un conocimiento previo, bien cultural bien personal, que pueda otorgar sentido a la significación oculta a la que se refiere el hablante.

El contexto se convierte así en el elemento determinante de la ironía, toda vez que: 

la ironía se basa en un significante correcto y gramaticalmente congruente, pero incongruente con el contexto en su conjunto. No se silencia nada en su expresión gramatical, ni en la estilística: sí se silencia el significado literal, que acaba siendo sustituido por otro como producto de la incongruencia de aquel con el contexto. (Grijelmo, 2012: 188)

 De aquí se deduce que para poder ejemplificar la ironía es preciso introducir el contexto en el que se produce la misma, si decimos a alguien que se acaba de atiborrar a comida:  «¿Qué? Te has quedado con hambre, ¿eh?», no estamos preocupándonos por el hecho de que nuestro interlocutor se haya podido quedar insatisfecho con los alimentos ingeridos, sino todo lo contrario, que nos parece que nuestro interlocutor ha comido demasiada cantidad.

La reticencia o aposiopesis: es otra de las figuras retóricas de omisión, consiste en no decir todo lo que se sabe, para ello se deja incompleta la frase o la información que se transmite, destacando por encima de lo dicho lo que se calla. Por consiguiente, se produce un efecto de silencio donde se insinúa al interlocutor que lo oculto tiene un valor superior a lo expresado. El refrán «uno vale más por lo que calla que por lo que dice» refleja con precisión lo que se pretende con el uso de la reticencia; es decir, que el emisor da a entender al receptor que sabe más información de la que expresa con la intención de que este último reconozca lo no dicho como un silencio con sentido.

En esta figura también se convierte en fundamental el contexto de los interlocutores, puesto que requiere una experiencia común entre ambos con el mensaje oculto, así pues «el emisor enuncia algo de lo que sabe (o aparenta saber; al menos), y silencia otra parte con la intención de que el receptor complete el mensaje. De esta forma, se silencia una parte de las ideas que se podrían expresar, y pronunciar o escribir otra porción de la cual se puede inferir el todo» (Grijelmo, 2012: 192). Un ejemplo de reticencia lo encontramos en el verso de Becquer «¡yo no sé que te diera por un beso!».

La alusión: es una figura retórica a través de la cual se cita o se hace referencia a una persona o cosa sin citarla expresamente, es decir, de forma indirecta o por implicación se menciona a alguien o algo o se insinúa algo, no obstante, según el Diccionario de la RAE la mención puede ser explicita. En cualquier caso, a nosotros nos interesa la definición que implica el silencio de la persona o cosa, tal y como sucede en el poema Retrato de Antonio Machado en el que se alude a la muerte  sin nombrarla a través de los siguientes versos: «y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar […]».

Como podemos ver, la alusión se sirve de otras figuras retóricas como la metonimia, la metáfora o el símbolo, para evocar aquello que se pretende expresar sin mencionarlo; de esta forma, las imágenes de la nave que parte y del último viaje se convierten en referencias simbólicas de la muerte. Por tanto, «la alusión consiste en silenciar un fragmento de lo que se podía referir, y ello se ejecuta mediante recursos lingüísticos vinculados a la indefinición. El silencio en la alusión actúa sobre el significante, también sobre el significado, provoca un efecto subjetivo y depende del contexto» (Grijelmo, 2012: 190).

La paralipsis: es una figura retórica de omisión que consiste en nombrar aquello que a continuación se va a omitir en el discurso, es decir, se declara que se podría hablar sobre una cuestión pero, por contra, no se va a incidir en la misma. Con este recurso se pone el foco de atención en un tema para a continuación silenciar el desarrollo del mismo. Su uso es muy frecuente entre nuestros gobernantes en el debate político a través de frases del tipo «No voy a hablar ahora de las cuentas de su tesorero en Suiza…» o «Todos conocemos los resultados catastróficos de sus políticas de empleo por no mencionar los falsos ere´s para sus amigos».

Como podemos observar, en estos ejemplos se indica que no se va a hablar sobre el tema que se menciona pero, precisamente, se centra toda la atención de los oyentes en dicho tema pues, al ser silenciado por el locutor, obtiene una mayor relevancia ya que son los receptores los que se van a encargar de dar significado a ese falso silencio propiciado por el orador.

Existen más figuras retóricas que implican un silencio, tales como la metonimia o la alegoría, entre otras; no obstante, consideramos que las mismas, para nuestro propósito, se pueden englobar dentro de la explicación que hemos dado para la metáfora puesto que todas implican un efecto metafórico que ya ha quedado explicado.  

 

* La imagen corresponde a Calíope, musa de la poesía épica y la elocuencia.  

1 Marco Fabio Quintiliano, en latín Marcus Fabius Quintilianus (Calagurris, actual Calahorra, c. 35 – Roma, c. 95). Fue un retórico y pedagogo hispanorromano. Su fama proviene de su Institutio oratoria (c. 95 d. C.) que trata la educación elemental y los métodos para la formación básica en el campo de la Retórica.

 

Bibliografía:

BARTHES, Roland (2009). El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura. Ediciones Paidós Ibérica SA. Barcelona.

BERISTÁIN, Helena (1995). Diccionario de retórica y poética. Editorial Porrúa. México.

GRIJELMO, Alex (2012). La información del silencio. Cómo se miente contando hechos verdaderos. Santillana Ediciones Generales SL. Madrid.

 

El evangelio según Jesucristo

Posted by on 5 Feb , 2015 in Lecturas | 8 comments

El evangelio según Jesucristo

Recuerdo que con veintitrés años, por recomendación de un amigo, leí El evangelio según Jesucristo de José Saramago. Este amigo, no era un amigo cualquiera, no. Era el sacerdote que me bautizó al nacer, también con quien recibí la primera comunión y a quien, en calidad de monaguillo, llegué a ayudar en misa. Con la adolescencia, después de haber estado acudiendo a misa prácticamente a diario, supongo que por empacho litúrgico y por la rebeldía característica de  esos años, me alejé del oficio de la Iglesia. Por suerte para mí, no hice lo mismo con las personas que en ella había conocido. Seguí frecuentando la sacristía que, por aquel entonces, era el verdadero alma de aquella iglesia: por sus despachos, sus salas de reuniones, su patio, por sus moradores, se respiraba un ambiente jovial, tolerante, fraternal. Fue una luz cálida y azul como la que se confunde en el brillo del agua cuando ambas sustancias se tocan.  

 De cuando en cuando, unos pocos nos íbamos a comer en “petit comité» con Don Antonio, que así se llamaba nuestro sacerdote —Sí, Don, pocas personas he conocido que merezcan ese apelativo, él era una de ellas—. Entre cerveza y cerveza y entre vino y vino, la conversación siempre fluía locuaz, dicharachera, como si no existiera el tiempo más allá de las palabras pronunciadas. Los temas de conversación eran variados, interesantes siempre. Desde ciencia hasta política o fútbol pasando invariablemente por la cuestión teológica. Yo, por timidez y por inexperiencia, la mayoría de las veces callaba y escuchaba y, sobre todo, aprendía. ¡Cuánto aprendí en aquellos ágapes!

 Los dieciséis, los diecisiete, los dieciocho…, los años se sucedían uno tras otro envueltos en la prepotencia de la juventud. Los excesos de todo tipo me acompañaban fin de semana tras fin de semana. El bachillerato lo pasaba sin pena ni gloria, como un mero trámite académico —igual que luego sería con la universidad—. Los escarceos amorosos, las primeras experiencias sexuales, las peleas familiares, las decepciones con los amigos, todo se puede resumir en un ¡Bah, la vida! En cambio, por aquel entonces, un germen que vivía en mí empezó a brotar con intensidad. Sí, el virus de la lectura. Mis ansias por saber, por conocer, eran proporcionales a la frustración de entender que cuanto más aprendía más lejos estaba de todo conocimiento.

Cada vez frecuentaba menos la sacristía, pero cuando surgía la ocasión seguía yendo a comer con Don Antonio y los múltiples y cambiantes “petits comites” que lo acompañábamos. Por supuesto, ya me atrevía a participar, a tener voz propia en los debates, a discurrir sin disparatar (¡Vale, a veces sí!), a hablar de literatura, de teología, de filosofía, de historia, de todo aquello que iba conociendo y amando irremisiblemente. Seguía aprendiendo, más aún con la siempre enriquecedora divergencia que, en no pocas ocasiones, se producía a tenor de un tema espinoso (pobres los que solo miran ciegamente a un lado). Terminó el bachillerato y con él una época que daba paso a otra etapa, otras ciudades, trabajo, emancipación, estudios, amores, cambios y más cambios. La vida aceleraba más rápido de lo que, tal vez, yo, podía manejar. Simplemente, no era consciente. Ahora, quizá, un poquito más. 

 

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Las quedadas con Don Antonio fueron disminuyendo y alargándose en el tiempo. Con suerte, una o dos veces al año, por norma general, más tiempo. En una de aquellas veces, hablamos de Unamuno y su San Manuel Bueno, mártir. De como aquella pequeña gran novela me turbaba por la presencia en ella de un pueblo, de una montaña, del sentir de una voz, que a mí me llevaba a identificar con mi pueblo. No terminaba de entender el temor que experimentaba con el final de la obra de Don Miguel (otro Don). Me desbordaba esa ascensión última. Creo recordar que me explicó su visión de la novela y, también, esto ya seguro, como me recomendó leer El evangelio según Jesucristo de José Saramago. Le hice caso.

 Hace un par de años, me avisaron del fallecimiento de Don Antonio. Solo pude experimentar un profundo respeto. Algo había aprendido de la muerte. Todo el dolor, la impotencia y la rabia que sentí con la muerte de mi madre, con el paso de los años se transformaron en respeto, respeto por la vida, por mi vida y la de los demás, respeto por lo difícil y lo bello que es el vivir.  A veces me cuesta ser coherente con ese respeto, sobre todo cuando sangra mi corazón pero, lo intento, sigo aprendiendo. Todos somos un Ivan Ilich cualquiera.

 Acudí al funeral. Entré a la sacristía. ¿Once, doce años? No sé. Había pasado muchísimo tiempo desde la última vez que pisaba aquel lugar. Todo estaba cambiado. Sobre todo yo. Fue como cuando regresas a casa de tus padres después de mucho tiempo. La misma sensación, los mismos recuerdos. Esa parte de ti que aún vive allí, que sabes que está pérdida, que ya no existe, que nunca volverá pero, que, a pesar de todo, sigue ahí en lo que tú eres o crees ser ahora. Aún no lo tengo claro.

 Mi memoria se fue libremente por los recovecos que ella quiso. Caras y voces conocidas, el altar donde tantas veces estuve, la misa de difuntos. Todo la alimentaba y la sobreexcitaba. Demasiadas emociones acalladas por el silencio y la paz que me transmitían los recuerdos. Al acabar el sepelio regresé a casa. Mientras conducía me acordé del libro de Saramago, pero aquel pensamiento se difuminó ante otras imágenes que empezaron a ocupar mi mente.

Hace unos pocos días he terminado de releer El evangelio según Jesucristo. Ahora sé por qué me lo recomendó.

De primeras puede resultar extraño que un sacerdote católico te recomiende leer un libro sobre la vida de Jesucristo escrito por un ateo confeso como era Saramago. Una vez que te adentras en la lectura, entiendes. El libro está concebido sobre una idea original y atrevida, esto es, narrar la vida de Jesucristo desde la propia perspectiva del Jesús hijo de José y María y del Jesús hijo del Padre. Un hombre, dos realidades. La historia comienza con el momento en que Jesús es concebido, con la posterior anunciación a María, con los oficios de José, la ida a Jerusalén, el alumbramiento de Jesús en Belén, Herodes, los Santos Inocentes, es decir, Saramago sigue la cronología que recogen los testamentos, pero, claro, el nobel portugués, entra en aquellos silencios que la historia, que la palabra escrita nunca reveló. Da voz a los pensamientos, las dudas, los miedos de aquellos jóvenes padres judíos. Unas preguntas que nunca fueron contestadas, preguntas que todos nos hacemos sobre nuestras propias vidas.

La narración avanza suave, con el ritmo pausado del caminante que sabe que ha de llegar más lejos que pronto. El tono incita a la reflexión, al pensamiento inciso, a la duda. Los temas tratados son difíciles, complejos, de pesada digestión. Realidades que implican creencia, ideología, a favor o en contra. La equidistancia, aviso, será esquiva al lector. Así es, en el libro nos toparemos de primeras con la culpa, no una culpa impostada por una sociedad o una religión, no, ésta es una culpa incrustada, una culpa genética, esto es, la culpa heredada de nuestros padres. Culpa que como si de un pecado original se tratase, arrastramos a lo largo de nuestras vidas. Me refiero a los miedos, los traumas, los errores, las partes oscuras que por exceso o por defecto adquirimos de aquellos que nos crían, que nos educan, que nos acompañan, o no, durante nuestra aventura de llegar a ser. ¿Qué no será para Jesús tener que cargar con las culpas de María y de José y las culpas que Dios le ha arrogado, nada más y nada menos que las culpas de toda la humanidad?  

Entra Saramago de lleno en cuestiones teológicas y filosóficas: en la concepción de Dios como un todo desgajado de la separación maniquea del bien y del mal; en la connivencia de la mano derecha y la mano izquierda en un mismo ser; en la imposibilidad de escapar al destino, a un plan establecido que desde nuestro libre albedrío somos empujados a cumplir, en el sacrificio otorgado a la muerte. También cuestiona Saramago la iniquidad de Dios para con el hombre,  aunque, si bien, no lo hace con la dureza y la rabia de su libro Caín, si plantea las atrocidades cometidas en el nombre de Dios. Lo dicho, cuestiones complicadas que apelarán a la conciencia del lector.   

Don Antonio siempre hablaba de Dios como un misterio, un no saber qué pollas hacemos aquí -esto lo digo yo-, y que ante esa duda, él, prefería elegir el camino del amor que existía en las palabras de Jesucristo. Siempre me ha turbado ese sentido del amor como última frontera, el amor como acto de salvación de la vida. Un amor que también está presente en el libro en la figura de María de Magdala como compañera de Jesús, un amor nacido del perdón, de la aceptación del otro, de la fidelidad a lo que se quiere, es decir,  fidelidad al amor, a uno mismo. Una María de Magdala que entiende a Jesús, que conoce su destino, su vida, sus culpas. Un Jesús que respeta a María, que conoce su pasado, sus faltas, su miedo. Un amor donde ambos encuentran la paz, el calor, la vida.

En definitiva, un libro bello, inciso, que nos hará profundizar en ese misterio que es la vida.    

¿Que más decir? Poco. Que llegaron los treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete. Que de la prepotencia de los años de la juventud he perdido el -pre, y la potencia escasa que me queda la utilizo para intentar buscar esa tranquilidad que la vida nunca nos otorga.  Que la vida me sigue dando vueltas, una y otra vez me zarandea. Que me busca en unos límites que ya no tolero, en un ser que a veces me desborda y me agota.  Que ellos siempre están ahí, ellos, los libros, me siguen acompañando en tantos y tantos momentos de aparente soledad. Sí, aparente porque los libros, también Don Antonio y otros tantos que se fueron, mi madre, siempre mi madre, sé que están ahí. Y yo que soy consciente, leo y sonrío.  

Los mejores fragmentos de amor de la literatura (II)

Posted by on 28 Ene , 2015 in Lecturas | 0 comments

Los mejores fragmentos de amor de la literatura (II)

Cómo no volver a realizar una entrada con nuevos fragmentos literarios de amor (Pincha aquí para leer la primera), si cada vez que viene a nosotros uno de esos libros de los que yo llamo caníbales —puesto que nos atrapan por los manos y nos comen el alma y el tiempo—,  vemos que  el amor, de una u otra manera, se impregna en las palabras con las que vamos construyendo el relato que el libro nos quiere transmitir. Cómo no confundir esas palabras con las nuestras, con nuestro propio relato, con nuestra propia experiencia, con la vida. Cómo no aprender o interesarse por aquello que otros han vivido antes, por lo que nos une y nos hace uno. Cómo no amar ahora y siempre. No lo sé. Que nos lo digan ellos:   

¿Quién te ha dicho que no puede haber amor verdadero, fiel y eterno en el mundo, que no existe? ¡Que le corten la lengua repugnante a ese mentiroso!

¡Sígueme, lector, a mí, y solo a mí, yo te mostraré ese amor! (El maestro y Margarita – Mijail Bulgakov).

Ni que decir tiene, que los fragmentos que aquí os compartimos cobran toda su intensidad en el conjunto de la obra que los acoge, aun así, ¡ay!, son tan bellos.

Muchos amantes tienden a entender el amor como una lucha. Se buscan enemigos que acechen o pongan en dificultad el amor que profesan para emprender una batalla contra ellos, una batalla que los una más. Es lo que canta el señor Rochester a su querida Jane

El más verdadero amor que jamás nadie ha sentido inflama mi corazón y acelera sus latidos. Soy feliz cuando la veo e infeliz cuando ha partido. Si tarda en llegar, inquieto, se hiela en mi sangre el ritmo. Por la indecible ventura de verme correspondido, yo haría lo que no haría ningún otro ser nacido.

Por ese amor cruzaré los infinitos abismos que nos separan; del mar los hirvientes remolinos; como un salteador, yo me arrojaré al camino y atropellaré por todo lo que pueda destruirnos; obstáculos venceré; desafiaré peligros; con razón o sin razón, sin miedo a premio o castigo. Pese a la saña y al odio de todos mis enemigos, alcanzaré el arco iris detrás del que peregrino. Combatiré contra todo, sin que humanos ni divinos logren oponer  barreras al triunfo de mis designios. Hasta que mi adorada los delicados deditos enlacen en mi ruda mano con eslabones de lirios, mientras con un beso selle el juramento ofrecido de acompañarme si muero y acompañarme si vivo.  

Jane Eyre – Charlotte Brontë

 

Pero, claro, ¿quién puede vivir sin amor? Amores fundados, amores confundidos, amores dispersos, amores intensos, amores sufridos, amores vividos, amores necesitados, amores felices, amores desatados, amores que matan, amores que juegan, amores son amores…

Guillermo, sin el amor, ¿qué sería el mundo para nuestro corazón? Lo que una linterna mágica sin luz. Apenas se introduce la lamparilla, cuando las imágenes más variadas aparecen en el lienzo diáfano. Y aunque el amor no sea otra cosa que fantasmas pasajeros, esto basta para labrar nuestra dicha cuando, deteniéndonos a contemplarlos como niños alegres, nos extasiamos con tan maravillosas ilusiones. 

Johann Wolfgang von Goethe – Las desventuras del joven Werther

 

Aunque, si le damos un matiz filosófico al asunto, el amor puede perder un poco de su magia. Bueno, va, es Schopenhauer, no se lo tendremos en cuenta, él es así…

Una vez satisfecha su pasión, todo amante experimenta un especial desengaño: se asombra de que el objeto de tantos deseos apasionados no te proporcione mas que un placer efímero, seguido de un rápido desencanto. En efecto, ese deseo es a los otros deseos que agitan el corazón del hombre como la especie es al individuo, como el infinito es a lo finito. Solo la especie se aprovecha de la satisfacción de ese deseo, pero el individuo no tiene conciencia de ello, todos los sacrificios que ha impuesto, impulsado por el genio de la especie, han servido para un fin que no es el suyo propio. Por eso todo amante, una vez realizada la grande obra de la naturaleza, se llama engaño; porque la ilusión que le hacia la victima de la especie se ha desvanecido.

Arthur Schopenhauer – El amor, las mujeres y la muerte

 

Céline que sabía como pocos en qué consistía esto de la vida, nos lo deja bien claro: «Es más difícil renunciar al amor que a la vida». Quien quiera entender que entienda…

Allí íbamos a buscar a tientas nuestra felicidad, que el mundo entero amenazaba, rabioso. Nos daba vergüenza aquel deseo, pero, ¡no podíamos dejar de satisfacerlo! Es más difícil renunciar al amor que a la vida. Pasa uno la vida matando o adorando, en este mundo, y al mismo tiempo. «¡Te odio! ¡Te adoro!» Nos defendemos, nos mantenemos, volvemos a pasar la vida al bípedo del siglo próximo, con frenesí, a toda costa, como si fuera de lo más agradable continuarse, como si fuese a volvernos, a fin de cuentas, eternos. Deseo de abrazarse, pese a todo, igual que de rascarse.

Louis-Ferdinand Céline – Viaje al fin de la noche

 

Ahí queda eso en estos nuevos fragmentos literarios de amor. ¿Te animas a compartir con nosotros aquel fragmento relacionado con el amor que más te haya fascinado entre tus libros favoritos?

Náufragos en la literatura

Posted by on 21 Ene , 2015 in Destacado, Lecturas, Literatura, Teoría literaria | 0 comments

Náufragos en la literatura

Hace unos años, mientras apuntábamos al muro, le pregunté a mi amigo Anselmo qué se llevaría a una isla desierta. Éste, al escucharme, detuvo la meada y mirándome muy serio dijo que en habiendo piedras, papel del culo ni de coña. Claro, los dos nos reímos y después seguimos con nuestra meada y nuestras cosas. Aún hoy tengo que contenerme para no reír con la respuesta de Anselmo, porque la verdadera originalidad de ese día se debió a una respuesta creativa y alejada de los tópicos, cosa que no fue mi pregunta. Y ahora lanzo otra: ¿Por qué esa cuestión, la que hizo que Anselmo detuviera el chorro y lanzara su originalidad, la hemos sufrido tantas veces? ¿Qué nos llevaríamos a una isla desierta?

Ahora, al escribirla, me parece una sandez de pregunta, una de esas preguntas que parece querer encontrar una verdad absoluta, demoledora sobre nuestras preferencias y gustos. Pero, claro, por otra parte pienso que es normal, que a todos nos gusta un poco eso, saber de preferencias y de gustos, y que también, el tema del náufrago es algo que nos ha acompañado a los mortales desde los albores de la literatura. Ya en la Odisea de Homero encontramos la figura del náufrago encarnada por el menesteroso Ulises. Si bien, como digo, ha sido un tema cultivado a lo largo de la historia de la literatura universal, hay que indicar que la figura del náufrago no siempre ha tenido las mismas connotaciones. En la presente entrada intentaré recopilar datos, hablar de las diferentes manifestaciones en las que el náufrago ha hecho acto de presencia. Así que nos ponemos el chaleco, cogemos el bote y pelillos a la mar.

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El naufragio, desde que hiciera aparición en la edad clásica hasta principios del siglo XVIII, estuvo dotado por una serie de connotaciones negativas. Podemos partir con la idea de que el lugar apropiado para el hombre siempre ha sido la tierra, algo así como nuestro hábitat natural. El acto de navegar, por lo tanto, supone la violación de un límite impuesto por la naturaleza. Esta idea está presente en los postulados filosóficos de Hans Blumenberg. En su ensayo Naufragio como espectador, Blumenberg dice que puesto que el mar es una frontera natural, el riesgo de naufragar se presenta como un elemento normal. Junto a esta idea, encontramos otra que va a incidir en la propia ambición del hombre: la conquista del mar que supone aumentar el poder militar y comercial más allá de los límites de un país. Navegación, por ende, se convirtió en un índice de valor dónde determinar el poder y la riqueza de una nación.

En este contexto el naufragio se concibe como el castigo ideal para la arrogancia y la codicia de los hombres. El castigo proviene de entidades superiores, que dependerá de según cuál sea la religión. La naturaleza representa el papel de divinidad, juez que infringirá los castigos. Este tipo de reflexiones tuvieron su auge en la edad Media cuando la literatura estaba cargada de un fuerte didactismo religioso. Tras el naufragio, es corriente encontrar al náufrago arrepintiéndose y pidiendo perdón a Dios. Un ejemplo lo podemos encontrar en la obra Milagros de nuestra señora de Gonzalo de Berceo, concretamente con el relato del Náufrago salvado. También en el Renacimiento Italiano, a manos de Bocaccio en su Decamerón, se nos narra la aventura del mercader Landolfo Rúfolo, quien para aumentar sus ganancias se dedicaba a la piratería, causa que provocaría el naufragio y por consiguiente, la pérdida de todos sus bienes. Tengamos en cuenta que la finalidad de estas obras radicaba en mostrar modelos ejemplares de vidas caracterizadas por la devoción y la templanza.

libreriaweb-robinson-crusoe-daniel-defoe-13592-MLA2947165394_072012-FLa posterior literatura de aventuras mantendrá esta caracterización del náufrago como castigo. La soberbia humana se concreta en el uso de la tecnología para emprender viajes extraordinarios, enfrentándose con los elementos naturales. Buscaban representar la derrota de la ciencia y la tecnología frente al elemento natural. Un ejemplo lo encontramos en la novela Furility de Morgan Robertson. En dicha obra se cuenta como un trasatlántico choca contra un iceberg, algo que sin duda nos recuerda al hundimiento del Titanic. El trasatlántico representa el avance tecnológico del hombre en cuestiones de navegación, un avance que poco tiene que hacer a la hora de vérselas con la naturaleza.

Tampoco podemos olvidar un elemento importante de todo naufragio. Me refiero al elemento de la isla. La isla suele representarse como un lugar desolado donde la supervivencia es toda una hazaña. Daniel Defoe, en Robinson Crusoe, y a partir de aquí en la mayoría de las obras, una de las necesidades básicas al llegar a la isla es la búsqueda de agua y alimento. Vemos al hombre reencontrado con sus instintos más primarios donde la civilización poco puede ofrecerle para subsistir. Asistimos al encuentro del hombre con su yo primitivo, algo que puede llevarnos a ciertos extremos como apreciamos en el Señor de las moscas, una novela bastante posterior a la de Defoe. En cualquier caso, en la mayoría de las obras, la isla es el mayor símbolo de aislamiento y se presenta como un micromundo alejado del común y a menudo regido por sus propias leyes.

No podemos olvidar también que muchas veces la llegada a la isla no se produce. Nos enfrentamos entonces a un náufrago a la deriva. Navegar a la deriva nos va a adentrar en lo irracional del subconsciente. Allí, el hombre tendrá dos feroces enemigos: la sed y el hambre. Muchas veces estas necesidades no podrán ser saciadas y al náufrago no le quedará otra que acudir a los recuerdos y al subconsciente a través de fuertes alucinaciones.

Ahora bien, si empezábamos hablando de las connotaciones negativas del naufragio, hay que pasarse a la otra perspectiva, lo positivo que hay en el tema. Para ello fue necesario que llegara el siglo XVIII con la Ilustración y hágase la luz. En la ilustración el conocimiento era considerado el arma del arte, entramos en una época donde conocer imperaba en cualquier actividad de una nación, o al menos eso nos han hecho creer. El riesgo que conlleva el viaje por mar comienza a considerarse como un precio a pagar, si es que se quiere desarrollar el conocimiento del mundo. Asistimos a la época de las grandes expediciones científicas para estudiar las naturalezas remotas. El naufragio puede ayudar al hombre a insertarse en la naturaleza, conocerla y convivir con ella. Del mismo modo, la isla, en vez de presentarse como un lugar desolado, comienza a adquirir los matices de un lugar idílico, lejano de la corrupción y del caos del mundo civilizado.

El Romanticismo también recuperará esta imagen paradisíaca de la isla. A partir de aquí se descubre la oportunidad de conseguir la muerte deseada ofrecida por el desastre marítimo. Siempre con la premisa de que el agua, según tradiciones antiguas, es tanto origen de la vida como elemento destructor y causa de la muerte. La muerte por agua, por lo tanto, puede ser interpretada como un símbolo de regreso al estado prenatal, ya que el paralelismo establece parecidos entre el agua y el líquido amniótico.

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Está claro que hemos mostrado una mínima porción sobre un tema que ha estado presente en la literatura desde los albores de las letras. Si bien, se ha seguido cultivando en la contemporaneidad adaptándose a sus tiempos incluso a los avances tecnológicos, ya que hoy en día, al enfrentarnos a un naufragio, raramente el protagonista se desplaza en barco, sí lo hace en avión, incluso en naves espaciales donde el universo es representado como un ancho mar donde el náufrago vaga sin destino. También es un tema que se ha extendido de la literatura y la pintura hacia otras artes como el cine y por supuesto las series de televisión con la tan querida como odiada Perdidos. Ahora cabría pensar desde qué perspectiva somos capaces de mirar nosotros mismos el naufragio y plantearnos ¿Qué diablos llevaríamos a una isla desierta?

Los mejores fragmentos de amor de la literatura

Posted by on 12 Ene , 2015 in Lecturas | 4 comments

Los mejores fragmentos de amor de la literatura

Vamos a intentar recopilar los mejores fragmentos de amor de la literatura y es que ¡ay!, el amor, como diría nuestro Lope de Vega: quien lo probó, lo sabe. Sin lugar a dudas, junto a la vida y la muerte, el amor es uno de los grandes temas de la literatura universal. La mayoría sabemos y entendemos que el amor se construye mediante hechos, esto es,  nuestras acciones y nuestras actitudes han de ser los pilares sobre los que vamos a cimentar una relación amorosa que se pretenda viable. Ahora bien, el revestimiento, la decoración, la alegría…, nos la van a dar, entre otras cuestiones, los gestos y las palabras. 

De vida y palabras está hecha la literatura, así que hemos decidido dejarnos llevar por el impulso amoroso para buscar entre nuestros libros favoritos aquellos fragmentos en los que el amor rezuma la sangre, el fuego, la sombra que despavorida huye de sí misma, el rubor de un destello que se agita en el brillo de unos ojos llameantes, la luz, siempre la luz que se turba entre el ser y el no ser del amor. Porque, “¿Quién te ha dicho que no puede haber amor verdadero, fiel y eterno en el mundo, que no existe? ¡Que le corten la lengua repugnante a ese mentiroso!

¡Sígueme, lector, a mí, y solo a mí, yo te mostraré ese amor! (El maestro y Margarita – Mijail Bulgakov).

Ni que decir tiene, que los fragmentos que aquí os compartimos cobran toda su intensidad en el conjunto de la obra que los acoge, aun así, ¡ay!, son tan bellos.

Qué mejor para empezar que unos consejos de El Profeta de Khalil Gibran:

“Entonces, Almitra habló otra vez: ¿Qué nos diréis sobre el Matrimonio, Maestro?
Y él respondió, diciendo:
[…]
Amaos el uno al otro, pero no hagáis del amor una atadura.
Llenaos uno al otro vuestras copas, pero no bebáis de una sola copa.
Daos el uno al otro de vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo.
Cantad y bailad juntos y estad alegres, pero que cada uno de vosotros sea independiente.
Las cuerdas de un laúd están solas, aunque tiemblen con la misma música.
Dad vuestro corazón, pero no para que vuestro compañero lo tenga.
Porque solo la mano de la Vida puede contener los corazones.
Y estad juntos, pero no demasiado juntos. Porque los pilares del templo están aparte.
Y, ni el roble crece bajo la sombra del ciprés ni el ciprés bajo la del roble.”


Khalil Gibran , El Profeta

 

Seguimos con  el, casi siempre, duro momento de la despedida de unos amantes. Aunque estos prometen volverse a encontrar:

Si me buscas, aquí me encontrarás,

Mi deseo será encontrarte siempre,

Me encontrarías incluso después de morir,

Quieres decir que voy a morir antes que tú,

Soy mayor, seguro que moriré primero, pero, si lo hicieras tú antes que yo, seguiría viviendo para que me puedas encontrar,

Y si eres tú la primera en morir,

Bendito sea quien te trajo a este mundo cuando yo estaba todavía en él.

José Saramago. El evangelio según Jesucristo. 

Que decir de esos amores que no se materializan, aquellos que pertenecen al silencio:

 “Sólo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero solo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme  una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio, igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora.”

Stefan Zweig. Carta de una desconocida.

Y es que, ¡ay!, el amor, ese ser y no ser:

Pero el amor, esa… palabra…Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero.

Julio Cortázar. Rayuela. 

Para entender el amor hay que entender el concepto de otredad, salir del yo y ver lo que hay al otro lado del muro y para eso es preciso estar partido, ya nos lo decía el bueno de Italo:

…Esto es lo bueno de estar partido: el poder entender de cada persona y cosa en este mundo, la pena que cada cual tiene por ser incompleto. Yo era un ser entero y no entendía, y me movía sordo e incomunicable entre los dolores y las heridas sembradas por todas partes, ahí donde nadie, como ser entero, osa imaginar. No solo yo, Pamela, soy un ser partido y dividido, sino tú también y todos. ¿Ves? Ahora tengo una hermandad que antes, como ser entero, no conocía: con todas las mutilaciones y faltas del mundo. Si vienes conmigo, Pamela, aprenderás a sufrir de los males de cada cual y a curar los tuyos curando los de ellos.

Italo Calvino. El vizconde dividido.

 

Para terminar, nada como ser generoso y agradecido cuando tú amor te abandona. Y es que en este ser o no ser, no todo puede ser ni bueno ni malo sino todo lo demás:

¡Olvidarla! Usted forma parte de mi existencia, de mi propio ser. Ha figurado en cada una de las líneas que he leído, desde que vine aquí por primera vez, cuando era un chico vulgar, cuyo pobre corazón ya laceró en aquel entonces. Usted siempre ha formado parte de todas las esperanzas que he tenido desde que la vi… en el río, en las velas de los barcos, en los pantanos, en las nubes, en la luz, en la oscuridad, en el viento, en los bosques, en el mar, en las calles. Ha sido usted la encarnación de toda la graciosa fantasía que mi espíritu llegó a forjar… () Hasta la última hora de mi vida, Estella, no podrá usted evitar que siga formando parte de mí mismo, parte del poco mal o bien que exista en mí. Pero en esta separación que usted me anuncia, solo la asocio con el bien, y la recordaré fielmente confundida con él, porque a pesar del profundo dolor que ahora siento, usted debe haberme hecho más bien que mal. ¡Oh Estella, Dios la bendiga y la perdone!

Charles Dickens. Grandes esperanzas.

 

No te pierdas la segunda parte de Los mejores fragmentos de amor de la literatura

 

Queremos que nos comentéis cuales son vuestras escenas de amor favoritas. ¡No seáis tímidos!

 

 

La concepción del silencio

Posted by on 8 Ene , 2015 in Lingüística | 0 comments

La concepción del silencio

La concepción del silencio se puede abordar desde diversos campos del conocimiento. De esta forma, podemos hablar del silencio no solo desde el punto de vista comunicativo sino que también podemos hacerlo como un elemento físico o un concepto filosófico, entre otros. Nosotros, para simplificar la cuestión, vamos a centrarnos en los conceptos que nos ofrece el Diccionario de la RAE acerca del silencio. Si buscamos «silencio» en el DRAE esto es lo que encontramos:

silencio.

(Del lat. silentĭum).

  1. m. Abstención de hablar.
  1. m. Falta de ruido. El silencio de los bosques, del claustro, de la noche.
  1. m. Falta u omisión de algo por escrito. El silencio de los historiadores contemporáneos. El silencio de la ley. Escríbeme cuanto antes, porque tan largo silencio me tiene con cuidado.
  1. m. Der. Pasividad de la Administración ante una petición o recurso a la que la ley da un significado estimatorio o desestimatorio.
  1. m. Mil. Toque militar que ordena el silencio a la tropa al final de la jornada.
  1. m. Mús. Pausa musical.

 

Recurso electrónico: http://lema.rae.es/drae/?val=silencio

Vamos a analizar las distintas entradas:

La primera entrada nos indica que el silencio es la abstención de hablar. De la misma podemos determinar que el silencio es un acto volitivo, es decir, supone una opción para el hablante en tanto que ausencia del acto de habla. Desde el punto de vista comunicativo el hecho de abstenerse de hablar es una acción comunicativa en sí. Si seguimos el llamado “modelo orquestal de la comunicación” de los investigadores americanos de Palo Alto[1] , en toda interacción comunicativa se produce un proceso múltiple que integra diversos modelos de comportamiento tales como el gesto, la mirada, la mímica, la proxémica, y por supuesto, el habla. De esta forma, podemos afirmar que abstenerse a hablar implica un silencio verbal pero no un silencio comunicativo.

La segunda entrada se refiere a la falta de ruido y la ejemplifica mediante el silencio de los bosques, del claustro, de la noche. Sobre esta acepción podemos indicar que la falta de ruido nunca será absoluta puesto que la nada sonora no existe, está plagada de sonidos. En efecto, el silencio absoluto no existe. En las pruebas realizadas por científicos mediante el empleo de cámaras anecoicas, donde se alcanza una  absorción del ruido del 99,99%, se ha comprobado que el oído humano en su búsqueda constante de una fuente de sonido, ante la ausencia de estímulos externos, percibe los propios sonidos de su cuerpo, bien de los latidos de su corazón bien de su respiración, en consecuencia, mientras un ser humano esté presente (salvo cofosis extrema) no faltará percepción de ruido.

La tercera entrada habla de la falta u omisión de algo por escrito y nos remite al  silencio de los historiadores o al silencio de la ley. Efectivamente, con la escritura se superó la limitación temporal del lenguaje natural entroncando la palabra con la memoria. Tal y como dice el filosofo Emilio Lledo, «el lenguaje escrito ha sido el inmenso espacio cultural en que la existencia de los hombres ha podido ampliar la frontera de su efímera temporalidad con el descubrimiento de otra forma de tiempo: la mediata temporalidad de la memoria» (Lledo, 1992: 81).

En consecuencia, hasta la irrupción en el siglo XX de los medios de comunicación audiovisuales o internet, la palabra escrita ha servido de transmisora social y cultural  de las generaciones anteriores a la actual de cada tiempo. Si tenemos en cuenta que «el verdadero contexto de la escritura es el lector» (Lledo, 1992: 26) cada sociedad ha determinado o impuesto los valores y conocimientos que ha considerado adecuados a su tiempo y ha silenciado o penalizado aquellos que no eran validos a su entender.

 

Nos interesa mucho tu opinión. Si quieres comentar o criticar alguna cuestión respecto al contenido o la corrección de un artículo o de la página web en general. Por favor, deja un comentario en la entrada o ponte en contacto con nosotros en hola@porloscodos.com

 

 

La cuarta acepción nos sirve para establecer la importancia comunicativa que tiene el silencio, toda vez que al mismo se le confiere un valor administrativo con efectos jurídicos. Es el silencio administrativo que más de uno habréis sufrido si se os ha ocurrido recurrir alguna sanción de tráfico o similar. 

La quinta entrada, a menos que alguien quiera ponerse en posición de firmes, no aporta nada a esta web, por lo que la silenciamos (shhhh).

La última y sexta entrada del diccionario en cuanto al silencio,  si bien, afecta a la comunicación en tanto en cuanto entendemos la música como uno de los lenguajes más elevados de los que disponemos los hombres y las mujeres, implicaría realizar una o más entradas que tratarán de la música como elemento comunicativo.

          Como hemos podido comprobar las distintas acepciones del Diccionario de la RAE respecto del silencio parecen estar incompletas o, peor aún, faltan a la realidad. En absoluto es así, doctores tiene la Iglesia y académicos y autoridades la Academia. Cualquier concepto no deja de ser una abstracción de una realidad múltiple y como tal siempre pecará de exigua o de generalista pero, no obstante, nos resultan imprescindibles para aprehender lo que nos rodea.

            El silencio excede a los distintos conceptos que hemos visto, por lo que resulta preciso profundizar en las características del lenguaje humano y en los diferentes procesos comunicativos que las personas establecemos entre nosotros, para entender que el silencio se opone a la palabra pero la posibilita y la complementa o bien la sustituye; que el silencio se opone al ruido, al que también posibilita y complementa pero nunca lo sustituye puesto que siempre habrá ruido y, finalmente, que el silencio configura todo aquello que está fuera de nuestra percepción y a la vez es parte de lo que percibimos. En definitiva, el silencio es en sí y por sí mismo.

 

[1] Consideran la comunicación como una interacción social, antes que como cualquier otra cosa. Defienden que las relaciones sociales son establecidas directamente por sus participantes como sujetos que interactúan y que la comunicación se puede entender como la base de toda relación personal. Sus principales representantes son Gregory Bateson, Ray Birdwhistell, Don. D. Jackson, Stuart Sigman, Albert Scheflen, Paul Watzlawick, Edward T. Hall y Erving Goffman.

Bibliografía: LLEDO, Emilio (1992). El silencio de la escritura, 2ª edición. Centro de estudios constitucionales. Madrid.

 

Hablar, leer y escribir hasta por los codos: literatura, lingüística, escritura, lengua, comunicación, español