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Hablar, leer, escribir

El Blog de Porloscodos

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La manipulación en la comunicación interpersonal

Posted by on 22 Sep , 2014 in La comunicación interpersonal | 2 comments

La manipulación en la comunicación interpersonal

Todos somos, o deberíamos ser, conscientes de que nuestros políticos y gobernantes, los grandes grupos financieros y empresariales y cualesquiera otros poderes fácticos que —de forma directa o bien a través de lobbies y grupos de presión— quieren favorecer o mantener sus intereses, destinan grandes recursos económicos y humanos con el fin de manipularnos; nada mejor que los medios de comunicación (Internet, televisión, radio, prensa, etc) para realizar dicha tarea. En efecto, conceptos tales como: agenda informativa, líder de opinión, índices de audiencia, encuestas de opinión o, por supuesto, el de publicidad, nos indican, entre tantos otros, que existe todo un conglomerado de entidades y empresas públicas y privadas que se dedican al estudio y la gestión de la información. De esta forma, cuando realizamos una búsqueda en Google o cuando le damos a un me gusta en Facebook, por poner un ejemplo tan cotidiano a la mayoría de nosotros, estamos enviando datos a empresas que gestionan y venden los mismos a otras empresas u organismos que los utilizaran para ofrecernos productos y servicios para nuestro consumo o bien para analizar las tendencias de opinión que nuestros gobernantes conocen y manejan con tanto provecho. 

¿Sabías qué?

Manipular proviene del latín <manipŭlus> que significaba puñado o manojo. Dicha acepción se trasladó al ámbito militar romano donde se usaba para indicar un puñado de hombres a los que fuera fácil manejar por un mando. La asociación entre el significado actual y el antiguo latino mejor la dejamos en tus manos.

Como integrantes de la sociedad en la que vivimos, prácticamente ninguno de nosotros escapa a dicho control. Esto es, todos, en mayor o menor medida, somos influenciados y condicionados en una u otra dirección de pensamiento y/o comportamiento. No obstante, es una cuestión que puede resultarnos ajena o, simplemente, la aceptamos como un tema que nos afecta en un grado ínfimo y, realmente, tal vez sea así. Ahora bien, existe otro tipo de manipulación más cercana, más próxima a nosotros que sí nos afecta en nuestra vida diaria. Y, ¡no!, no me refiero a la que puedan ejercer en menor escala los grupos políticos o empresariales a nivel local, que también. Me estoy refiriendo a la que ejercemos y sufrimos nosotros mismos en nuestro día a día con las personas que nos rodean (parejas, amistades, compañeros, familiares, etc). Porque no te engañes, tú, tú también manipulas.

 

Así es, ¿quién de nosotros no ha intentado influir en otra persona con el objetivo de obtener un beneficio o hacer prevalecer una opinión? ¡A ver!, ¡a ver! Que nadie se esconda… Sí, reconócelo, tú también lo haces. Pero, no nos escandalicemos. No solo es que sea lo normal, más aún, en toda interacción comunicativa entre las personas está intrínseco el interés, es decir, desde el simple afán de establecer una comunicación en busca de amistad a la persecución de objetivos más espurios, en todos los casos, nos comunicamos por interés. Es por ello que cuanto mayor conocimiento tengamos sobre los mecanismos empleados en la comunicación para convencernos, persuadirnos o manipularnos, más libres seremos a la hora de decidir nuestra adhesión, o no, a lo que se nos propone.

 

En primer lugar, es indispensable tener claro que el principal factor que más nos va condicionar ala hora de que alguien intente manipularnos, vamos a ser nosotros mismos. Esto se explica en nuestra predisposición a aceptar o adherirnos a aquello que se nos plantea, es decir, somos fieles seguidores a nuestras ideas y planteamientos puesto que los mismos son los pilares sobre los que hemos asentado nuestra personalidad y, si bien, estas ideas son aprendidas, están tan enraizadas en nosotros que las hacemos propias. De ahí que sea casi imposible hacernos cambiar de parecer en algunas cuestiones. En cambio, esa misma fidelidad a nuestras ideas es la que puede ser utilizada por otras personas para manipularnos. Alguien que sepa leer nuestros planteamientos y adhesiones tiene una gran herramienta para influir sobre nosotros. A todos nos gusta escuchar aquello que queremos y esperamos escuchar. Esa es una de las claves fundamentales en la manipulación: que todos queremos creer. Pero, ¿creer en qué? En aquello que ya creemos o sentimos. 

 

En cuanto a las formas de manipulación, decir que existen tantas como personas las puedan poner en práctica. Ahora bien, se pueden resumir en unos pocos tipos: la manipulación ejercida desde el poder, como la que un padre puede realizar sobre sus hijos; la manipulación efectuada a través de la adulación, muy común a la hora de ligar (ahora decidme que no…); la manipulación dirigida a minar la estima de la persona mediante el ataque o la descalificación personal (sin duda una práctica que puede resultar abominable y dañina) o la manipulación consistente en la generación de expectativas, es la que utilizan en timos y estafas que incitan al incauto a creer en cuantiosos beneficios.

Como hemos visto, son diversas las formas mediante las cuales se nos puede influir, así que, querido lector —mon semblable, mon frère—, con tu permiso, me sirvo de una de ellas para intentar manipularte un poco con la generación de la expectativa de un próximo artículo en el que incidiré sobre el asunto de la manipulación en la comunicación intepersonal explicando los tipos de manipulación que acabamos de ver y algunas de las técnicas empleadas en los mismos. (Para leer la segunda parte pincha Aquí)

 

Jakobson: Los conmutadores. Las categorías verbales y el verbo ruso

Posted by on 2 Sep , 2014 in Lingüística | 2 comments

Jakobson: Los conmutadores. Las categorías verbales y el verbo ruso
En el texto del genial lingüista ruso Jakobson: Los conmutadores. Las categorías verbales y el verbo ruso. Éste nos propone una caracterización de los conceptos gramaticales expresados por las formas verbales, con especial detenimiento en el verbo ruso. Para ello, en primer lugar, define el concepto lingüístico de shifters (conmutadores). Así pues, para Jakobson, en el proceso de transmisión de un mensaje por parte de un destinador, el mismo ha de ser correctamente percibido por un destinatario, por lo que el destinador ha de codificar el mensaje emitido y el destinatario descodificar el mismo. De esta forma, cuanto mayor sea el conocimiento del código por parte del destinatario mayor será la capacidad de recepción del mensaje y la cantidad de información percibida. A partir de esta aseveración, el autor afirma, que tanto el mensaje (M) como el código subyacente (C) se convierten en vehículos de comunicación lingüística y que ambos pueden funcionar en el lenguaje de manera doble, es decir, pueden ser utilizados en sí mismos y a su vez pueden ser referidos.
Así, el mensaje puede referirse al código o a otro mensaje, del mismo modo que, por otra parte, el significado general de una unidad del código implicará una referencia al código o al mensaje; poniéndose de manifiesto otra vez la reflexividad del lenguaje, en este caso, implícita tanto en el mensaje como en el código.  Por consiguiente, y en atención a esta circunstancia, Jakobson, distingue cuatro tipos dobles. Dos referentes a la circularidad: el mensaje remite al mensaje (M/M) y el código remite al código (C/C). Y otros dos referentes al recubrimiento: el mensaje remite al código (M/C) y el código remite al mensaje (C/M)
En un análisis más detallado de los tipos, observamos que:
En (M/M) se da un desplazamiento del discurso que puede llegar a imponerse a la elocución en sí, puesto que el discurso no se confina a los hechos sentidos en el presente por el hablante mismo sino que se cita a los demás, así como, a nuestras elocuciones anteriores. Es decir, el hablante distingue su discurso del pronunciado por otros otros hablantes. Como ejemplo serviría la frase: “Yo creo que el profesor dijo que Jakobson decía que Bloomfield era un gran lingüista”.  Asimismo, el autor se refiere a la existencia de una escala multiple de los procesos lingüísticos del discurso citado y semi-citado, tales como el oratio recta y la oratio obliqua latinas y distintas formas del estilo indirecto. También remarca el empleo por parte de ciertas lenguas de recursos morfológicos peculiares para denotar los hechos conocidos solo del hablante, diferenciándolos del discurso de los demás. Por ejemplo, en la lengua túnica existe un sufijo de citación /-áni/, para diferenciar las partes directas e indirectas del discurso.
En (C/C), los códigos lingüísticos, por su parte, poseen unidades peculiares cuyo funcionamiento dependen directamente del carácter simbolizador de la lengua y no de su función referencial. Así, como ejemplo paradigmático de esta categoría, nos encontramos a los nombre propios, en los cuales su significación general no puede definirse sin su referencia al código. Es decir, el nombre propio es una partícula del código que solo puede ser referida al código. De esta manera, nos encontramos con significantes que no tienen definición de significado; por ejemplo, el nombre propio Jose Manuel se refiere a todas las personas que comparten ese nombre pero ninguna de ellas comparte una particularidad o propiedad implícita en el nombre que nos señale un rasgo referido al mismo. Siendo por tanto los nombres propios un claro ejemplo de circularidad de código referido al código.
En (M/C), un mensaje que remite al código, que en lógica se llama un modo de discurso autónimo. Así, por ejemplo, en: Jose Manuel es un nombre propio; o, en oraciones como: perrito es un substantivo que significa un perro joven, se denota claramente que existe una referencia directa al código. Dándose semejante circunstancia en toda interpretación explicativa de palabra u oraciones, ya sean intralingüísticas o interlingüísticas. 
En (C/M), código referido al mensaje, es donde nos encontramos con el concepto de shifter que Jakobson toma de Jespersen y que, según el autor, nos refiere a una clase especial de unidades gramaticales contenida en todo código lingüístico que precisa ser referido o remitido al mensaje para posibilitar su definición, es decir, solo tiene un valor indicativo de la ubicación en el discurso del que habla pero no nos dice nada acerca de él. Como ejemplo notable de shifters nos encontramos con los pronombres personales y dentro de éstos cobra especial singularidad el pronombre “yo”, así, y como paradigma de lo dicho al respecto, Bucks, en la frase “Yo significa la persona que dice yo”, deja patente que el signo yo no puede representar su objeto sin ser asociado al mismo.
Jakobson, asimismo, relaciona los diferentes tratamientos que se han dado a los shifters. Así ,en los trabajos de Peirce, éste los llama “símbolos-índice” por su mezcla de significado y de acto de señalar o indicar en cada caso; por consiguiente, yo es un símbolo y a su vez yo no puede representar a su objeto sin “estar en relación existencial” con el mismo. Remarcándose en este caso la función señaladora, como indice, remarcada por Benveniste. Otros autores, tales como Husserl o Bühler, los trataron como simples índices en razón de la supuesta multiplicidad de significados contextuales de los mismos. No obstante, cada shifter posee su significado general. Así, yo significa el destinador (y el destinatario) del mensaje del que forma parte. Por su parte, el filosofo británico Bertrand Russel los denominó “particulares egocéntricos” debido al hecho de que nunca se aplican a más de un objeto a la vez, si bien, como remarca Jakobson, este hecho es común a todos los términos sincategoremáticos, distinguiéndose los shifter del resto de constitutivos por su referencia obligatoria al mensaje en cuestión.

¿Sabías qué?

El lingüista y filósofo danés Otto Jespersen fue el primero en describir el fenómeno al que él mismo bautizó con el nombre de Shifters.
Finalmente, Jakobson, rebate las apreciaciones esgrimidas en la tradición humboltdiana en las cuales se cataloga a los símbolos-índice (en particular a los pronombres personales) como el estrato más elemental y primitivo del lenguaje, poniendo de manifiesto que, por contra, éstos representan una categoría harto compleja en la que código y mensaje se recubren. De ahí que los pronombres representen una de las últimas adquisiciones del lenguaje infantil o al contrario una de las primeras perdidas en la afasia. Así, por ejemplo, el niño que ha aprendido a identificarse a sí mismo con su propio nombre no se acostumbrará fácilmente a términos tan enajenables como los pronombres personales: puede temer hablar de sí mismo en primera persona cuando sus interlocutores le llaman tú. O, a veces, tratará de monopolizar el pronombre de primera persona: No te llames yo: “sólo yo soy yo, y tú sólo eres tú”. O bien lo empleará indiscriminadamente para el destinador o para el destinatario, de modo que este pronombre significará quienquiera que participe del diálogo en cuestión.
 
Una vez especificada la concepción lingüística de los shifters, Jakobson pretende estructurar las categorías verbales, incidiendo en el hecho de que en las mismas, también, adquieren una relevancia especial los pronombres personales, puesto que éstos marcan la concordancia de persona en los verbos. Por lo tanto, hay que tener en cuenta la clasificación que pretende de las categorías verbales en atención a: 
el discurso en sí, y su temática;
el hecho en sí y cualquiera y cada uno de sus participantes, ya “activo”, ya “pasivo”
Podríamos hablar entonces de una división en cuatro elementos: el hecho relatado (Hr), de lo que se habla; el hecho de discurso (Hd), su enunciación, es decir, el hecho de estar refiriéndose a algo; un participante en el hecho relatado (Pr), de quién se relata; y un participante en el hecho discursivo (Pd), ya sea destinador o destinatario, que lleva acabo el acto de la enunciación.
Todo verbo se refiere a un hecho relatado (Hr), de esta manera, las categorías verbales pueden subdividirse en aquellas que implican a los participantes del hecho, y aquellas que no. De esta forma nos encontramos:
Los desigandores
Categorías que pueden caracterizar a los participantes mismos (Pr)
Categorías que prescinden de los participantes y caracterizan al hecho relatado en sí (Hr)
Los conectadores
 Categorías que caracterizan su relación con el hecho relatado (PrHr). Ejemplo: yo fui el último en entregar el trabajo de lingüística.
 Categorías que prescinden de los participantes y caracterizan su relación con otro hecho relatado (HrHr).
Donde los designadores indican o bien la calidad o bien la cantidad del elemento relatado y pueden llamarse respectivamente calificadores o cuantificadores. Y los conectadores aquellas categorías que caracterizan a un elemento relatado respecto a otro elemento relatado. Los designadores como los conectadores pueden caracterizar al hecho relatado (proceso del enunciado) y/o a sus participantes remitiendo o no al hecho discursivo (proceso de enunciación) o a sus participantes. Las categorías que impliquen tal referencia se llamarán conmutadores; los que carezcan de ella, no conmutadores. Así tomando en consideración estas dicotomías básicas, según Jakobson, podremos definir cualquier categoría verbal genérica.
La clasificación de las categorías gramaticales requiere una coherente división de shifters
Así, el género, el número, la persona, el estado, el aspecto y el tiempo, como designadores, y la voz y el modo como conectadores, son conmutadores que sirven para reconocer en un enunciado y su situación de enunciación, el hecho relatado (Hr), el hecho del discurso (Hd), así como también a los participantes del relato (Pr) y a los participantes del discurso (Pd). De esta manera nos encontramos:
(Pr) El género y el número caracterizan a los participantes mismos sin referencia al hecho discursivo: el género califica y el número cuantifica a los participantes.
Las formas verbales indican si el participante activo o, a su vez, el pasivo, son animados o inanimados ((Bloomfield) .
(Pr/Pd) la persona caracteriza a los participantes del hecho relatado con referencia a los participantes del hecho discursivo. Así la primera persona señala la identidad de un participante de un hecho relatado con el ejecutor del hecho discursivo, y la segunda persona, la identidad con el protagonista pasivo actual o potencial del hecho discursivo.
(Hr) El estado y el aspecto caracterizan el hecho relatado en sí mismo sin implicar a los participantes y sin referencia alguna al hecho discursivo. En inglés el estado asertivo se sirve de combinaciones con el auxiliar do opcionales en la afirmación y obligatorias en una aserción negativa o interrogativa.
(HrHd) El tiempo caracteriza el hecho relatado con referencia al hecho discursivo. Así, el pretérito nos informa de que el hecho relatado es anterior al hecho discursivo.
(PrHr) La voz caracteriza la relación existente entre el hecho relatado y sus participantes sin referencia al hecho discursivo o al hablante.
(PrHr/Pd) El modo caracteriza la relación existente entre el hecho relatado y sus participantes con referencia a los participantes del hecho discursivo.
(HrHr) No existe término consagrado alguno para esta categoría. El término de Bloomfield «orden» o el griego «taxis» caracterizan al hecho relatado en relación con otro hecho relatado y sin referencia con el hecho discursivo. (Ej. las taxis dependientes expresan varias relaciones con el verbo independiente tales como simultaneidad, anterioridad, conexión concesiva, etc.)
(HrHrd/Hd) Testificante (evidencial). Etiqueta para la categoría verbal que toma en cuenta tres hechos: un hecho relatado, un hecho discursivo y un hecho discursivo relatado. El hablante refiere un hecho sobre la base de que se trata de algo referido por alguien más (una declaración citada, de oídas), de un sueño (declaración reveladora), de un acertijo (declaración supositiva), o de su experiencia anterior (patentización por la memoria). La conjugación búlgara distingue dos formas: narración directa y narración indirecta . Ante la pregunta: ¿Qué pasó con el barco? Si la respuesta de un marinero es: «Yo vi que zarpó» , la narración es directa. Si contesta: «Se dice que zarpó», es indirecta.
Finalmente, Jakobson acaba el artículo catalogando los conceptos gramaticales del verbo ruso en toda esta estructura. 
Como conclusión podríamos decir que los shifters nos permiten diferenciar el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación, así como que el acto del habla supone una enunciación que a su vez supone un enunciado en si mismo.
 
 

Las reformas ortográficas de la RAE

Posted by on 2 Sep , 2014 in Destacado, En español, Ortografía | 2 comments

Las reformas ortográficas de la RAE
Las reformas ortográficas de la RAE siempre generan interés y en algunos casos controversia. Con la última reforma ortográfica realizada por la RAE se produjó un importante revuelo mediático a cuenta de los cambios introducidos por los Académicos en la ortografía de nuestra amada lengua. La noticia saltaba a todos los noticieros y, como la pólvora, se propagó por todos los foros de internet: la RAE, poco más que en contubernio (en atención a las opiniones vertidas) con el resto de las Academias de la lengua del resto de países hispanohablantes, se proponía llevar a cabo una reforma de la ortografía que según preconizaba reportaría cambios tan insustanciales y, a su vez, biliares como la desaparición de la che o la sustitución de la denominación de i griega por ye. La polémica estaba servida; la llamada reforma ye-ye de la RAE había iniciado su periplo. 
Desde que en 1492 Antonio de Nebrija publicará su celebre Gramática Castellana, hasta al instauración en 1714, bajo el reinado de Felipe V, de la Real Academia Española; la pretensión y vocación de todas las normas publicadas al respecto era la de fijar un bien tan común e inmaterial como era y es la lengua, de ahí que el lema que adoptara la misma fuese: Limpia, fija y da esplendor. Durante años, la Academia fue la única institución garante de la unidad normativa de la lengua. Con la independencia, a comienzos del siglo XIX, de los países americanos la situación comenzó a modificarse, aunque, si bien en todos ellos nacieron sus correspondientes academias de la lengua, hasta prácticamente bien entrada la segunda mitad del siglo XX, la RAE se arrogaba se podría afirmar que contra natura el dictado de las reglas normativas. Corregida esta situación anómala, las últimas revisiones, entre otras, de la ortografía de la lengua española se han realizado previo estudio y consenso del conjunto de las Academias. La dificultad estriba en aunar una norma válida para todos los hablantes de una lengua en la que sienten y se expresan casi quinientos millones de personas repartidas a lo largo de veintidós países dentro de un mundo global y empequeñecido gracias a las nuevas tecnologías por la revolución que representa internet.
 
Acusada en no pocas veces de ser una institución mastodóntica que no hace otra cosa sino correr detrás de una entidad tan vivaz, tan contemporánea  e intemporal a la vez como es la lengua, la RAE se defiende escudándose bajo el paraguas de la ortodoxia: su labor no consiste en trasladar o incorporar los vocablos o cambios percibidos  bien al diccionario bien a la norma, sino, por contra, y al margen de “las modas” entre los hablantes, seleccionar aquellos que puedan tener vocación de permanencia o subsistencia, así como proponer las normas que consideren precisas en atención a la evolución de la lengua dentro de su prerrogativa de fijación de la misma; porque no nos engañemos, la lengua es un ser vivo que precisa de revisiones y cuidados.
La última propuesta de modificación de la ortografía española, por un lado ha generado una inusitada polémica respecto a los cambios previstos, pero por otro lado ha permitido poner en boca de todos una cuestión tan importante como olvidada y no pocas veces maltratada como es la lengua y su corrección idiomática. Dentro de la primera circunstancia se han producido declaraciones y discusiones incluso entre miembros de diferentes Academias en las que destaca la suscitada entre los presidentes de la argentina y la española, el señor D. Víctor García de la Concha, al cual en referencia a este último, el presidente de la argentina llegó a referirse como el Sr. Molusco Bivalvo, con el jocoso afán de remarcar las connotaciones que implica la palabra concha en no pocos países americanos; o las no menos punzantes declaraciones del difunto presidente de Venezuela, Hugo Chávez, respecto a la supresión de la che, en las que apelaba a que lo llamaran “Avez”, ya que, según decía, la «che» había sido eliminada por las Academias. También han surgido en internet grupos contrarios a la reforma y una legión de declarados insumisos a la aplicación de las mismas. Anécdotas al margen, con la reforma se ha puesto de relieve la importancia que tiene la lengua en el acervo de la comunidad hispánica, no solo en sus aspectos formales sino asimismo en su vertiente sentimental, cultural, identitaria y, por qué no, económica.     
Respecto de los cambios introducidos en la misma, no estoy en condiciones de indicar si son o no apropiados, si son o no procedentes; doctores tiene la iglesia y académicos la academia. Por contra, me permito incidir en el hecho de que anteriores propuestas realizadas por la RAE no tuvieron la aceptación ni la asimilación de las mismas por parte de los hablantes. Me refiero a palabras como güisqui o bluyín que, prácticamente, nunca llegaron a ser incorporadas en la escritura del español. Asimismo, recordaría a todos los que con actitudes gazmoñas se oponen a los cambios propuestos, que con toda seguridad ninguno de ellos escribiría fui o fue con tilde, a pesar de que antes de las reformas ortográficas de la RAE de 1959 así se hacía. En todo caso, el tiempo dictaminará las reglas que prevalecerán y serán asumidas y aquellas que no, respecto de la anterior y hasta hace nada vigente ortografía de 1974.
 
 

Sylvie o las flores del amor. Gérard de Nerval

Posted by on 1 Sep , 2014 in Lecturas, Literatura | 4 comments

Sylvie o las flores del amor. Gérard de Nerval

El relato Sylvie de Gérard de Nerval es una de las obras más delicadas que nos legó el romanticismo francés. Inserta en el movimiento que se inició con la obra Sturm und Drang  del alemán Klinger e imperó en la Europa de finales del XVIII y principios del XIX. Si bien, gran parte de sus preceptos todavía impregnan buena parte de las corrientes de pensamiento actuales.

Esta Tempestad e Ímpetu, serán la base para el inicio de una nueva corriente literaria deseosa de romper con los cánones y formalismos establecidos por el racionalismo vigente en el siglo XVIII que constreñía la creación literaria. Así, las figuras de Goethe y de Schiller supondrán la eclosión de un romanticismo triunfante en Alemania, que se impondrá, a su vez, en Francia a través de la figura de Mme. de Staëll, en una primera etapa, y posteriormente con autores como Víctor Hugo, Lamartine o Chateaubriand, entre otros. Asimismo, en Inglaterra emergerían, como figuras principales, Lord Byron, Keats o Wordsworth con sus célebres “Baladas líricas”.

España, inserta en una frustrada reforma ilustrada, tardará en recibir los efluvios románticos, pero no por ello, dejan de ser destacables las figuras de Zorrilla, con su Don Juan Tenorio, o Mariano José de Larra, que si bien no se consideraba a sí mismo un autor romántico, fue, probablemente, el único que vivió su pasión y destino como tal. Puesto que como dijo Goethe “El mejor hombre, es el que se estremece”, condensando con esta frase gran parte del ideal romántico que sacudió a Larra.       

 
Dentro de esta corriente, en Francia, encontramos Sylvie de Gérard de Nerval El desdichado. El cual, tras una vida atormentada y azarosa, decidió terminar sus días como adorno en una farola de París. Por suerte, antes de su suicidio, nos dejó una obra si bien no muy extensa si bastante intensa.
En una de sus creaciones, Las hijas del fuego, nos encontramos con la historia de Sylvie, a través de la cual Nerval, nos presenta las dos mitades de la concepción del amor romántico: el amor ideal y el amor real.
Ambas formas de entender el amor son magistralmente expresadas en el desarrollo del relato; así pues, el personaje de Sylvie se nos presenta como el amor tangible, “ella existe, buena y pura de corazón”, y su antagónica, encarnada en la figura de Adrienne, representa el ideal sublime. Un tercer personaje, Aurelie, sirve para confrontar en un especie de simbiosis transmutada entre Sylvie y Adrienne, la batalla interna del protagonista en la búsqueda de la felicidad a través del amor. Una figura intermedía donde, quiza, este persigue un sentimiento más intenso que el amor real, a través del cuál hubiera, posiblemente, alcanzado la felicidad, “Tal vez ahí estaba la felicidad, sin embargo”, como el propio personaje pone en cuestión.
Pero en su anhelo por encontrar el amor ideal, la sublimación de la belleza, el amor figurado en una diosa, determina que “la mujer real indignaba nuestra ingenuidad; tenía que aparecer como reina o diosa y, sobre todo, había que evitar acercarse a ella”. De esta manera, la imagen de Sylvie se configura como una belleza, un amor posible y real, que surge en la percepción del recuerdo de un pasado vivido y perdido en el mundo de los sueños, aunque este regresa a un presente enredado, una vez más, en la búsqueda de ese amor ideal que se escapa. De ahí que Sylvie afirme “usted busca un drama, nada más, y el desenlace se le escapa”.
En efecto, es el amor enfrentado ante la circularidad de la huida hacia el mundo de las imágenes, reflejado en la frase “lo que persigo es una imagen, nada más”. Es la lucha entre el deseo de encontrar y vivir su amor ideal su Beatríz, o la vivencia del amor cotidiano, el del día a día que requiere cuidados y esfuerzos por conservarlo. Dos mitades imposibles de un mismo objeto que terminará por romperse en la figura del protagonista “Era Adrienne o Sylvie, eran las dos mitades de un solo amor. Una era el ideal sublime, la otra la dulce realidad”. 
 
Nerval, con una prosa preciosista y un lenguaje poético, nos sumerge en esa búsqueda cruel que llevará al protagonista a la perdida del espejo de lo real frente al espejo de lo mágico, y que al final le hará vivir ese drama ansiado, esa perdida de los amores tanto de Sylvie como de Aurelie (aunque, a mí entender, realmente no las ama), arrojados frente al cadáver de la poesía representado a través de la muerte de Adrienne, la muerte del ideal, de lo intangible; una vuelta a la realidad, por la que todos nos vemos empujados a escapar del mundo de los sueños
Sin duda, el relato Sylvie de Gérard de Nerval ha de ser un imprescindible en tu bliblioteca si te gusta la intensidad literaria en muchos casos trágica del Romanticismo. 
 Aquí os dejo una poesía de Nerval en la que se refleja su sentido trágico de la vida:

 

 
El desdichado
Je suis le Ténébreux, – le Veuf, – l’Inconsolé,
Le Prince d’Aquitaine à la Tour abolie :
Ma seule Etoile est morte, – et mon luth constellé
Porte le Soleil noir de la Mélancolie.
Dans la nuit du Tombeau, Toi qui m’as consolé,
Rends-moi le Pausilippe et la mer d’Italie,
La fleur qui plaisait tant à mon coeur désolé,
Et la treille où le Pampre à la Rose s’allie.
Suis-je Amour ou Phébus ?… Lusignan ou Biron ?
Mon front est rouge encor du baiser de la Reine ;
J’ai rêvé dans la Grotte où nage la sirène…
Et j’ai deux fois vainqueur traversé l’Achéron :
Modulant tour à tour sur la lyre d’Orphée
Les soupirs de la Sainte et les cris de la Fée.
(Gérard de Nerval)

Expiación – Ian McEwan

Posted by on 1 Sep , 2014 in Lecturas, Literatura | 0 comments

Expiación – Ian McEwan
En la obra Expiación de Ian McEwan, podemos observar como detrás de cada palabra escrita por un autor en cualquiera de sus novelas, invariablemente, se inscribe en ellas una parte de su ser, de su percepción y forma de entender lo inmutable de una realidad inconsistente que se nos escapa en la cotidianidad de nuestras vidas, pero que en la esfera de lo literario, merced a la ficción, a lo maleable de la verosimilitud, puede permitirse alcanzar la fijación de verdades que nunca fueron o de mentiras que son ciertas. Traspasar en definitiva al autor a través de la obra, puesto que este siempre estará en todo lo que escribe y a su vez no será nada de lo que ha escrito.
 
De esta forma, el simple bosquejo esgrimido por el propio McEwan, en la novela, sobre una historia sustentada en “un joven y una joven que se encuentran junto a una fuente, claramente unidos por no pocos sentimientos sin resolver entre ellos”, nos sirve para obtener la esencia de un relato, que se desarrolla en el marco de una familia pudiente de la campiña inglesa durante el caluroso verano de 1935. Conforme nos adentramos en la lectura de la obra, observamos como los personajes nos son presentados, uno a uno, con sus preocupaciones y anhelos inmediatos.
Asimismo, no tardaremos en comprender las relaciones que los unen y los separan: la soñadora Briony, que comienza a perder los restos de una infancia que nunca volverá; su hermana mayor, Cecilia, hastiada de un mundo donde no encuentra la dirección hacia la cual avanzar; León, el hermano afable al que todos estiman; Emily, la no tan ecléctica madre, generalmente incapacitada por sus repetidas jaquecas; y el siempre ausente padre, Jack; todos ellos conforman la familia Tallis, a la cual se añade Robbie Turner, hijo de la sirvienta y protegido del señor Tallis.
La irrupción de otros personajes en aquel verano de 1935, así como el devenir de un inesperado suceso, romperán la aparente estabilidad de la familia Tallis. Sobre todo por la culpa de un error que marca la perdida de la inocencia y el comienzo de una vida que habría de ser vivida en una habitación sin puertas. Solo el transcurso del tiempo y la entrada en la II Guerra Mundial, con la crueldad que ambos hechos comportan, serán capaces de devolver la esperanza de una ansiada redención en la que la única solución posible sería que el pasado nunca hubiese acontecido, o bien, en un ejercicio de metaliteratura, reescribir el mismo a modo de expiación.
La prosa de McEwan apenas se deja sentir sobre la lectura consiguiendo que las palabras nos sumerjan en la historia y en las vidas de sus personajes con un estilo refinado que deleitará tanto a los menos asiduos como a los más avezados lectores que decidan aventurarse en las hojas de Expiación. Si bien, también habrá quienes les suceda como a Joey, uno de los personajes de la aclamada novela de Jonathan Franzen, Libertad, el cual no consigue interesarse en la lectura de esta excelente obra de Ian McEwan
Nosotros, sin duda, te invitamos a la lectura de Expiación de Ian McEwan, así como ha descubrir otras novelas de este elegante escritor inglés.
 
 

El silencio en la literatura narrativa

Posted by on 1 Sep , 2014 in El arte de escribir, Escritura creativa, Literatura, Teoría literaria | 3 comments

El silencio en la literatura narrativa

El silencio en la literatura narrativa es una constante. La literatura está hecha de palabras y de silencios. En la literatura se entremezcla la gramática más retórica con una mimesis de la vida —la literatura es vida recreada—, esto es, mediante la narración retórica se crean contextos pragmáticos en los que se articula una  homofonía o polifonía de voces que infieren diferentes perspectivas vitales en función de la intencionalidad del escritor. Asimismo, como propugna la Teoría de la Recepción de Jauss, el lector es una parte fundamental en la interpretación de las obras y, por consiguiente, en la significación de los silencios y de los espacios en blanco que existen en toda novela. De ahí que, tal como indica el filósofo Emilio Lledó, «el verdadero contexto de la escritura es el lector» (Lledó, 1992: 26).

¿Sabías qué?

La teoría de la recepción es un movimiento de crítica literaria que surge de la hermenéutica y la fenomenología de los años cincuenta. Hans-Robert Jauss, Roman Ingarden, Wolfgang Iser o Hans-Georg Gadamer son algunos de sus teóricos más importantes

En efecto, cualquier novela muestra solo una parte de la realidad objeto de la narración y silencia todo lo demás. El universo narrativo nada más que alcanza a captar una parte de un todo —la literatura como metonimia—. Es lo que Ernest Hemingway denominó La teoría del iceberg:

«Si un escritor en prosa conoce lo suficientemente bien aquello sobre lo que escribe, puede silenciar cosas que conoce, y el lector, si el escritor escribe con suficiente verdad, tendrá de estas cosas una sensación tan fuerte como si el escritor las hubiera expresado. La dignidad de movimientos de un iceberg se debe a que solamente un octavo de su masa aparece sobre el agua. Un escritor que omite ciertas cosas porque nos las conoce, no hace más que dejar lagunas en lo que describe.»

De esta forma, el arte de narrar consiste no solo en crear sino sobre todo en omitir y silenciar a través de las palabras con el objeto de que lo visible en el texto aluda a una realidad superior a la mostrada. Es lo mismo que sucede con la fotografía o con la grabación en video; salvando las distancias, en ambas se captura un instante de la realidad que permanecerá atrapado en el espacio y en el tiempo, tal y como sucede con lo narrado en una novela. Julio Cortazar en su relato Las babas del diablo nos muestra la relación entre el lenguaje literario y el lenguaje fotográfico; las diferentes perspectivas e imágenes que es posible recrear mediante una cámara o  mediante la narración son motivo de reflexión en este cuento. Nada más comenzar el relato se pone de relieve las distintas formas de encarar el enfoque de un texto:    

«Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros.»

Por consiguiente, cada vez que el narrador opta por un enfoque o una perspectiva está silenciando las demás. Con la fotografía sucede lo mismo, cuando el fotógrafo capta una imagen el resto de la realidad queda fuera de la misma; en consecuencia, «el lector resulta atrapado en una inversión dialéctica: finalmente, ya no decodifica, sino que sobre-codifica; ya no descifra, sino que produce, amontona lenguajes, se deja atravesar por ellos infinita e incansablemente: él es esa travesía» (Barthes, 2009: 57). Esto es, los silencios derivados del texto han de ser completados por el lector, que ha de dar sentido a la realidad ficcional inferida en la narración bajo el prisma de su visión subjetiva. Cortazar lo expresa en su relato:

«Creo que sé mirar, si es que algo sé, y que todo mirar resuma falsedad, porque es lo que arroja más afuera de nosotros mismos, sin la menor garantía. […] De todas maneras, si de antemano se prevé la probable falsedad, mirar se vuelve posible; basta quizá elegir bien entre el mirar y lo mirado, desnudar a las cosas de tanta ropa ajena. Y, claro, todo esto es más bien difícil.»

En definitiva, podemos afirmar, que el silencio en la literatura (y en la vida por consiguiente) es el mundo en el que las palabras crean todo principio. El mundo de silencio y palabras que  nadie mejor que Alejandra Pizarnik supo expresar en su poesía La palabra que sana:

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje,

alguien canta el lugar en que se forma el silencio.

Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo.

Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.

Referencias bibliográficas:

– Ernest Heminway en su libro Muerte en la tarde. Capítulo XII.

– Julio Cortazar en su relato Las babas del diablo.

– La palabra que sana, en “El infierno musical” de Alejandra Pizarnik.

– BARTHES, Roland (2009). El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura. Ediciones Paidós Ibérica SA. Barcelona.

– LLEDÓ, Emilio (1992). El silencio de la escritura, 2ª edición. Centro de estudios constitucionales. Madrid.

Un recuerdo sobre el escritor Félix Romeo

Posted by on 1 Sep , 2014 in Escritura creativa, La escritura según... | 7 comments

Un recuerdo sobre el escritor Félix Romeo

Gracias a mi inscripción al taller de escritura creativa de la escritora murciana Lola López Mondejar tuve la suerte de conocer en persona al escritor Félix Romeo. Su calidez y calidad humana no dejó indiferente a ninguno de los que asistimos a las clases que nos impartió sobre el arte de escribir. Con la noticia de su muerte, la estupefacción que experimenté ante la perdida de una vida tan joven y tan sabia me incitaron a escribir estas palabras sobre el recuerdo que dejó en mi corazón allá por el ya lejano año 2011. Me permito compartirlas con vosotros:

Llegué tarde, como de costumbre. Con su mirada escoltó la presurosa huida de mis agobios en busca de un sitio donde sentarme, antes de que pudiera hacerlo, se dirigió a mí para averiguar cómo me llamaba. Apenas pude articular una disculpa por mi retraso y  tras decirle mi nombre, lo interpeló para preguntar acerca de mis libros y autores favoritos.

Desconcertado, no acerté a decir ninguno en concreto; los rusos, dije, me gustan los rusos del siglo XIX. Por suerte o, más bien, por una cómplice compasión, no inquirió más allá de mi respuesta; con poco que hubiera insistido habría quedado patente que no tenía ni puta idea de literatura rusa del siglo XIX, pero eso, él, con mirarme, ya lo sabía. Alcancé a reposar mi ansiedad sobre una silla y, empequeñecido entre la masa del resto de talleristas de nuestra querida Lola, pude admirar su imponente figura de guerrero vikingo, solo que el único arma que él blandía eran las palabras.

 

Después de interesarse por cada uno de nosotros, por nuestras inquietudes, comenzó a hablar de él, de Félix Romeo, fue entonces cuando me sentí atrapado por su entusiasmo (eso que tanto necesita un carácter como el mío), por su cercanía, por todo el conocimiento que transmitía. ¡Sí!, todas las dudas sobre mi continuidad en el taller se diluyeron: no había pasado por la universidad, ni (pensaba) era un gran lector, de escribir mejor ni hablo; quizás, no estaba donde me correspondía estar pero la vida me había empujado hasta allí y aunque fuera de convidado de piedra quería participar de este nuevo mundo que se me ofrecía.


Para eso estaba él con nosotros, para confrontarnos a los miedos, y ese fue el tema sobre el que nos propuso escribir, sobre el miedo. Nada más complicado para empezar, aunque, bueno, al día siguiente sería peor. Cómo escribir sobre un tema que en toda tu existencia has osado abordar. Nuestros miedos los sufrimos pero no alcanzamos, a veces, siquiera a distinguirlos; por mi parte, el resultado, obvio, fue desastroso. Por suerte, llegamos al final de la sesión y nos fuimos de cena. Transcurridas cuatro o cinco sesiones del taller de escritura, era la primera vez que coincidíamos fuera del aula de la biblioteca. Nuestro primer evento, la mayoría no nos conocíamos, Félix nos llamaba a todos por nuestro nombre (impresionante), yo como mucho recordaba seis o siete. Una de las mejores formas de intimar y conocer a las personas es sentados en una mesa con una cerveza o copa de vino (se admite agua) y delante de ellas la conversación.

 

Esa noche acabamos de ser un grupo, de comenzar a forjar amistades. Cenó con todos nosotros, estaba muy cansado y se disculpó por no estar muy participativo, pero observaba, con atención escuchaba lo que hablábamos. Yo estaba enfrascado en una discusión con varias compañeras sobre el absurdo hombres-mujeres, mujeres-hombres. Mi indolente verbo se dejaba llevar por el dolor que me atravesaba tras una ruptura (con sentido de roto) sentimental. A la mañana siguiente hablando de mí dijo que sorprendido me había visto como a un espadachín discutiendo con cinco mujeres a la vez y salir indemne y sonriente de tamaña osadía. Aunque, claro, también el día antes, al finalizar la cena, él se acerco a mí, a solas, y me preguntó por ese dolor que me absorbía y yo no pudé hacer otra cosa que abrirle mi corazón como si de un sanador se tratará.

 

De esa forma, el tema sobre el que nos hizo escribir esa mañana fue el amor. ¡Mierda!, eso si que es duro. Un compromiso familiar me permitía escabullirme antes de que comenzaran las lecturas de los relatos, pero cuando me disponía a marcharme me llamó, Jose Manuel, léenos lo que has escrito antes de irte. Quise huir y no leerlo, pero no me lo permitió. Mi texto reflejaba el momento en que conocí a la que entonces tanto me hacía sufrir. Comentó mi texto y acabó por decirme que dejará reposar mi corazón. Me fui corriendo con la congoja ascendiendo por mi garganta, no lloré por orgullo, por mi educación, porque los hombres con los cojones cuadrados no lloramos, para eso tenemos la soledad.

El año pasado, por falta de tiempo, no me inscribí en el taller de escritura, por lo que a pesar de que Lola me había invitado a asistir a cualquiera de sus clases, no participe en las sesiones que dirigió Félix Romeo. Eso sí, no quise perderme la cena organizada para después. Se acordó de mí, lo que me ilusiono sobremanera, preguntó por qué no seguía en el taller, le expliqué mis circunstancias. Continuamos con la algarabía de la cena, sí, lo pasamos genial. Las chistosas, Fina, Gloria, y alguno que otro más, desplegaron su repertorio. Todo eran risas. Félix Romeo también contó unos cuantos chistes, a cual más malo, por cierto, ¡ja, ja, ja!, pero una vez más al terminar la cena, a solas, se aproximo a mí, y se interesó por mi ajado corazón.
Este año iba a volver a verlo, deseaba disfrutar de su sabiduría, de su compañía, sobre todo quería que se acordará de mí y me pregúntase de nuevo por mi corazón, quería decirle que ya no quedaban heridas, que la ilusión volvía a florecer en la sangre que de él brota, pero, ¡no!, está vez no ha sido mi corazón sino el suyo el que ha fallado, y esa grandísima hija de puta llamada muerte, la que se lo ha llevado, aunque si bien no le podré responder en persona, me sirvo de las palabras para hacerlo, y recordar las suyas cuando dijo que se llamaba Félix porque era FELIZ. 
 
 

Hablar, leer y escribir hasta por los codos: literatura, lingüística, escritura, lengua, comunicación, español